martes, 13 de diciembre de 2022

Las bellezas de la noche (comentario)

 "Nadie que no lo haya hecho puede imaginar la belleza de una caminata en Roma en Luna llena. Todos los detalles son consumidos por masas enormes de luz y sombra, y solo los contornos más grandes y generales son visibles. Acabamos de disfrutar de tres noches claras y gloriosas… Este es el tipo de iluminación con el que se debe de ver el Panteón, el Capitolio, la plaza frente a San Pedro y tantas otras plazas y calles."

Esto escribió Goethe en 1878. Hoy en día en Roma, y en la totalidad de ciudades del mundo "desarrollado", los monumentos no pueden verse ya a la luz de la luna. Potentes focos los iluminan desde abajo para disfrute de los ciudadanos (incluso, cuando duermen). La potencia de tales focos, sumada a la de las farolas urbanas y otras fuentes de luz, hace que nuestras pupilas tengan un diámetro más parecido al que tienen de día que al de nuestra ya casi olvidada visión nocturna. Y hay mucha belleza en la noche, con una luz tenue y uniforme; nuestros ojos, adaptados a la oscuridad, captan infinidad de nuevos matices. También el resto de sentidos se agudizan. Los olores, los sonidos, el tacto de la noche es diferente cuando la iluminación es sutil.

 Soluciones existen desde hace siglos. En el París del siglo XIX, había dos tipos de iluminación: una que estaba encendida toda la noche y otra que lo estaba cuando la Luna no iluminaba suficientemente las calles. 

Actualmente a nivel local, son pocos los alcaldes que, con mucha dificultad y sorteado críticas de la oposición (cuanto negocio y cuantos votos se consiguen apelando y sirviéndose del miedo), reducen a medianoche la intensidad de la iluminación de sus ciudades. Y, aparte del consiguiente ahorro energético, no pasa absolutamente nada. Por desgracia, la tendencia general es la opuesta.

Estoy seguro de que a Miquel le hubieran encantado las escenas románticas con Andrea en la intimidad de la luz de la Luna (huelga decir que a Andrea también). Por desgracia, la gran mayoría de los ciudadanos contemporáneos solo conocen un sucedáneo de noche, en el que los monumentos se ven casi como si fuera de día. Y como a Miquel en sus recuerdos, les puede parecer fantástica. No se puede amar lo que no se conoce, reza el adagio...

De todas formas, admitámoslo, los monumentos iluminados en la noche sobre un fondo oscuro pueden tener su encanto; destacan más que con el cegador fondo azul habitual. Eso si, un fondo oscuro sin estrellas, claro... Con estrellas, tal vez mejor, ¿no?

Para Miquel, simplemente, las nubes nocturnas iluminadas por la ciudad eran bellas. Y solo es cuando Andrea, dejándose llevar por la emoción del momento, obvia el contexto de contaminación lumínica, que puede encontrar cierto placer estético en su contemplación. Para Miquel, simplemente, no existe problema alguno. Andrea, por otro lado, conoce los efectos negativos de la sobre iluminación nocturna. 

Y esos efectos negativos no son baladí. 

A nivel ecológico, la contaminación lumínica afecta al 30% de los vertebrados y al 60% de los invertebrados nocturnos. Les provoca pérdida de orientación, desórdenes en la reproducción, desequilibrios en la función de depredación, polinización, en la competencia entre especies y desórdenes en los ritmos circadianos. Todo esto comporta terribles consecuencias en la biodiversidad y el equilibrio de los ecosistemas. 

Si no estamos muy sensibilizados en temas ecológicos (como si no formáramos parte del ecosistema; muy típico de los Homos Sapiens, si), deberíamos saber que la contaminación lumínica también nos afecta a nosotros. La luz en horas nocturnas nos provoca desajustes en la producción de diferentes hormonas, como melatonina, cortisol o TSH-tiroides. La melatonina, por ejemplo, tiene demostrados efectos antioxidantes y su carencia provoca cáncer (no lo digo yo, lo dice la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer- IARC). Estos desequilibrios hormonales también causan diabetes, obesidad, insomnio y problemas cardiacos. 

El trabajo nocturno es un potenciador caldo de cultivo de todos estos problemas. Además, el turno de noche es una fuente de accidentes laborales por trabajadores somnolientos (incluidos los de tráfico).

Y también a otro nivel, la contaminación lumínica dificulta un tipo de observación astronómica que, tal vez, nos deberían preocupar algo más que el simple progreso en el conocimiento del Universo: Los observatorios terrestres que tienen entre sus funciones buscar y monitorear asteroides potencialmente peligrosos para la tierra, han visto esta actividad muy limitada debido a que el cielo ya no es suficientemente oscuro. Ya no pueden ver a los asteroides pequeños cuando están cerca de la Tierra y solo pueden detectar a los muy grandes cuando están relativamente cerca. 

La pregunta que habría que plantearse podría ser: ¿Si sabemos que la contaminación lumínica, además de privarnos de la visión del Universo, tiene todas estas consecuencias negativas, estamos dispuestos a seguir viviendo con ella solo porque encontramos cierta belleza en nuestras noches iluminadas, porque tenemos miedo a la oscuridad (en general) o porque culturalmente no conocemos otra cosa? 











domingo, 3 de julio de 2022

Las bellezas de la noche

 Como era habitual en los últimos años en Barcelona, el principio del otoño parecía más una mera prolongación del verano que un preludio del invierno. Cálido, monótono, bochornoso, casi tropical, dada la anormalmente elevada temperatura del mediterráneo. Los más antiguos del lugar, juraban que antaño, a esas alturas, extensas tormentas habían barrido ya el litoral, provocando un descenso de las temperaturas con el que los barceloneses sacaban del armario las primeras mangas largas. Nada más lejos de la actual realidad, donde la manga corta dominaba el escenario y donde los únicos motivos por los que las playas no rebosaban carne humana, eran las jornadas laborables de nativos y turistas estivales.

Y en manga corta salieron Andrea y Miquel a la terraza después de cenar. A pesar de que no quedaba rastro de luz solar, podían distinguirse las caras perfectamente, gracias a la potente luz exterior del vecino quien, habiendo marchado el fin de semana, la había dejado encendida, iluminando su terraza y las de los pisos contiguos. Andrea y Miquel hacía poco más de un mes que vivían juntos en un ático del Poble Sec. Orientada al NO, la magnífica terraza cobraba protagonismo en los meses cálidos del año.

-Buf, que calor- musitó Miquel al tenderse en su hamaca reclinable. Andrea, sentada con las piernas cruzadas sobre un cojín en el banco de madera, asintió.

-Sí, menudo bochorno; esta brisa marina ha hecho dispararse la humedad. Estamos a un 82%, lo acabo de ver en el Meteocat. -En realidad, Andrea no tenía calor. Su friolera naturaleza (y una casi total ausencia de  grasa corporal) le hacía soportar bastante bien los rigores estivales, mientras que Miquel, con algo de sobrepeso, era más afín a las estaciones frías.

Miquel encendió un cigarrillo y se quedó mirando fijamente al cielo, donde unos inofensivos estratocúmulos desfilaban de este a oeste.

-¿No son bonitos? -Miquel fumaba relajado y el humo del tabaco se dispersaba, elevándose hacia las iluminadas nubes, que en la noche barcelonesa cobraban un tinte gris marrón.

Aunque Andrea, como buena astrónoma aficionada, intentaba, de vez en cuando, concienciar a Miquel sobre los excesos y consecuencias negativas de la sobre iluminación urbana, nunca le había hablado de las nubes. Pensó en comentar que en las zonas sin contaminación lumínica, las nubes eran invisibles, solo detectables por su capacidad de  ocultar las estrellas, y que las que estaban viendo ahora mismo, cobraban vida, solamente, al reflejar la luz que la gran ciudad proyectaba hacia arriba. Es decir, que además de gastar ingentes cantidades de dinero sobre iluminando nuestras calles, también solíamos derrocharlo iluminando nubes. ¿Acaso no era ese uno de los síntomas del declive de una civilización?, pensó Andrea mientras tomaba aire para exponer sus reflexiones.

-Tengo tantos buenos recuerdos nocturnos de Barcelona con un telón de fondo de nubes como este... -Miquel se puso cómodo, descalzándose las viejas sandalias y aflojando el botón del pantalón. -¿Te acuerdas de la noche que nos conocimos en el Pastis? -Miquel comenzaba a entrar en modo sentimental, mientras Andrea intentaba, en vano, recordar aquellas nubes.

-Ah, si, ahora que lo dices...

-¿Y aquella otra vez sentados en los bancos delante de la catedral? La fachada iluminaba la noche; nuestra noche... que bonito, ¿te acuerdas del rato que pasamos abrazados?

-Andrea, en efecto, recordaba aquella gélida madrugada de febrero, pero no tanto por el romanticismo de la escena (que también), sino por el riesgo real de hipotermia al que se vio expuesta. Riesgo minimizado, afortunadamente, por el calor corporal de Miquel y su cálido abrazo.

-Soy un romántico de la noche barcelonesa. Y que me dices de las iluminaciones navideñas. La Rambla, el Passeig de Gràcia... ¡Aaaaah!

-Miquel suspiró profundamente y se regaló una última e intensa calada, bajando después la mirada y buscando el contacto visual con Andrea. La luz de la lámpara del vecino tintineaba en sus expresivos ojillos. Miquel sonrió, y esa sonrisa borró cualquier posible atisbo de réplica en Andrea, quien obvió comentar lo excesivas que le parecían las iluminaciones navideñas y las odiosas connotaciones comerciales de dichas festividades. No solo eso, sino que, por un momento, imaginó que aquellas nubes que le recordaban la horrible contaminación lumínica de la ciudad, podían ser tan bellas como la mismísima nebulosa de Orión; solo hacía falta observarlas con una mirada libre de prejuicios y relajarse en su contemplación. Progresivamente, y casi sin quererlo, una tímida sonrisa se le dibujó también a ella en la cara, mientras en amoroso ademán, golpeaba dos veces con la palma de la mano el banco, a lo que Miquel respondió acudiendo presto a su lado...


La constelación de Orión elevándose sobre Bcn (diciembre 2021)






viernes, 10 de junio de 2022

La noche y el miedo (comentario)

"No hay oscuridad, sino ignorancia".

William Shakespeare. 



Años después de aquella experiencia, descubrí que en los cielos realmente oscuros, alejados de la contaminación lumínica de la civilización, los planetas más brillantes (Venus y Júpiter) son capaces de iluminar ligeramente la noche, llegando incluso a proyectar sombras. Pero es que también la Vía Láctea de verano (mucho más modesta en cuanto a intensidad luminosa), puede proyectar tenues sombras sobre el suelo. Obviamente, solo lo advertiremos cuando nuestras pupilas estén totalmente dilatadas y adaptadas a la oscuridad. Estas sutilezas, huelga decir, pasan totalmente inadvertidas a los habitantes de las ciudades, donde incluso la deslumbrante luna llena, prácticamente desaparece bajo la ingente luminaria urbana.

La ausencia de estas fuentes de luz naturales, sumadas al efecto de las nubes "apagando" importantes zonas del cielo, propiciaron que al despertarme en la madrugada, experimentara una oscuridad mucho más intensa que durante la primera parte de la noche. Y la oscuridad desorienta y nos da miedo. De niños, en general, y a una pequeña parte de la población adulta.

Nictofobia es como llaman los psicólogos al miedo a la oscuridad, definido como miedo irracional causado por una percepción distorsionada y anticipatoria de los peligros que nos acechan en la oscuridad. Eso si, ningún psicólogo propone sobre iluminar nuestro entorno hasta sentirnos "seguros", como pasa, en general, en todas las ciudades y poblaciones. Claro que ni los políticos (responsables del alumbrado público) son psicólogos, ni tienen intención de prevenir o curar la nictofobia de una pequeña parte de la población (sus motivaciones son otras). Lo cierto es que bastantes de los Homo sapiens actuales manifiesta, en mayor o menor grado, miedo a la oscuridad.


Años después de aquella experiencia, también descubrí que el miedo a la oscuridad tiene un componente cultural. En efecto, la mayoría de los occidentales descendientes de la tradición cristiana, aprendemos desde pequeños que la luz es buena y la oscuridad mala: lo devoto contra lo pecaminoso; la virtud contra la maldad. Y nos protegemos de ese miedo sobre iluminando nuestro entorno. Sin embargo, no todo el judeocristianismo predica con estos principios. En la Biblia abundan ejemplos de lo contrario. La noche allí, es un lugar en el que las personas experimentamos la presencia de Dios. Un par de ejemplos:

Génesis 32, la historia de Jacob y su lucha nocturna con un ser divino que, después de ser derrotado, le convierte en Israel. O en el primer libro de Samuel, cuando Dios le llama en la noche para ser profeta. En ambos casos, la noche nos transforma en algo superior; es un escenario de creación, no de destrucción, corrupción o decadencia.

Algo más cercano nos resulta San Juan de la Cruz, cuando habla de "la noche oscura del alma". "Oscura noche... estando mi casa sosegada."

También otras culturas que nos son ajenas, tienen diferentes aproximaciones a la noche. Los pueblos nativos de Norteamérica, por ejemplo, han visto durante siglos una gran espiritualidad en ella. Es en la noche donde realizan numerosas ceremonias y rituales y es vista, a menudo, como un tiempo de sanación. Para ellos, el negro no es siempre malo y el blanco no siempre es bueno. Los dos se equilibran y complementan. Por ejemplo, en la cultura Abenaki, se representa a Gluskabe, el héroe, flanqueado por un lobo blanco y otro negro. Uno es el día, el otro la noche y ambos son guardianes y compañeros.

También desde oriente la noche es tratada, tradicionalmente, de forma diferente a la occidental. El japonés Jun ´ ichiro Tamizaki, en su libro "Elogio a las sombras" (1933) hace un retrato de la evolución de la iluminación nocturna en la cultura occidental: "De la vela a la lámpara de aceite; de la lámpara de aceite a la luz de gas; de la luz de gas a la luz eléctrica. Su búsqueda por una luz más brillante nunca cesa. No escatima esfuerzos para erradicar aun la más mínima sombra."

La sensación de seguridad que nos proporciona la iluminación nocturna es un tema a matizar, también. Sin duda, un mínimo de luz es necesaria, pero un exceso nos provoca pérdida de visión. Esto lo saben bien quienes suben a un escenario, donde, normalmente, es imposible ver al público más allá de las primeras filas. O los conductores nocturnos, cuando se cruzan con un automóvil que no apaga las luces largas. Si una potente farola nos deslumbra, no veremos apenas, al entrar en un entorno no ya oscuro, sino simplemente menos iluminado, por lo que sentiremos miedo al no poder distinguir posibles peligros. La solución no es sobre iluminar una ciudad en aras de aumentar la seguridad de la ciudadanía, sino disponer de un sistema de alumbrado público de intensidad uniforme, en general, y variable según la densidad de viandantes o automóviles. Además, en contra de lo que se suele pensar, los ladrones necesitan luz para trabajar. ¿No es más sospechoso alguien que pasa un rato ante la cerradura de una puerta con una linterna en un entorno de luz discreta, que el que lo hace sin linterna en un entorno sobre iluminado? ¿No llama más la atención un viandante a altas horas de la madrugada que, mediante sensores de movimiento, enciende o hace aumentar la intensidad de las farolas de la calle por la que transita que uno que lo hace por una vacía y sobre iluminada?

 

Por si acaso le quedan dudas (seguro que sí; no sé si tal vez por su acervo cultural), varios estudios ratifican que apagar las luces (o disminuir su intensidad) en una ciudad, no aumenta el número de robos o accidentes de tráfico. *

Por último, una reflexión: iluminar la noche hasta hacer desaparecer la oscuridad, es vivir en un mundo irreal, artificial. Los Homo sapiens llevamos 200000 años conviviendo con la noche y sus tinieblas y sufriendo miedo (en mayor o menor grado dependiendo de nuestra época y cultura). No parece motivo de preocupación para la supervivencia de la especie (suponiendo que a nuestros ombligos le importe la supervivencia de la especie, claro).

 


 



* Por ejemplo, un estudio de la UCL & London School of Hygiene and Tropical Medicine, publicado en julio de 2015 en el Journal of Epidemiology an Community Health.