"Nadie que no lo haya hecho puede imaginar la belleza de una caminata en Roma en Luna llena. Todos los detalles son consumidos por masas enormes de luz y sombra, y solo los contornos más grandes y generales son visibles. Acabamos de disfrutar de tres noches claras y gloriosas… Este es el tipo de iluminación con el que se debe de ver el Panteón, el Capitolio, la plaza frente a San Pedro y tantas otras plazas y calles."
Esto escribió Goethe en 1878. Hoy en día en Roma, y en la totalidad de ciudades del mundo "desarrollado", los monumentos no pueden verse ya a la luz de la luna. Potentes focos los iluminan desde abajo para disfrute de los ciudadanos (incluso, cuando duermen). La potencia de tales focos, sumada a la de las farolas urbanas y otras fuentes de luz, hace que nuestras pupilas tengan un diámetro más parecido al que tienen de día que al de nuestra ya casi olvidada visión nocturna. Y hay mucha belleza en la noche, con una luz tenue y uniforme; nuestros ojos, adaptados a la oscuridad, captan infinidad de nuevos matices. También el resto de sentidos se agudizan. Los olores, los sonidos, el tacto de la noche es diferente cuando la iluminación es sutil.
Soluciones existen desde hace siglos. En el París del siglo XIX, había dos tipos de iluminación: una que estaba encendida toda la noche y otra que lo estaba cuando la Luna no iluminaba suficientemente las calles.
Actualmente a nivel local, son pocos los alcaldes que, con mucha dificultad y sorteado críticas de la oposición (cuanto negocio y cuantos votos se consiguen apelando y sirviéndose del miedo), reducen a medianoche la intensidad de la iluminación de sus ciudades. Y, aparte del consiguiente ahorro energético, no pasa absolutamente nada. Por desgracia, la tendencia general es la opuesta.
Estoy seguro de que a Miquel le hubieran encantado las escenas románticas con Andrea en la intimidad de la luz de la Luna (huelga decir que a Andrea también). Por desgracia, la gran mayoría de los ciudadanos contemporáneos solo conocen un sucedáneo de noche, en el que los monumentos se ven casi como si fuera de día. Y como a Miquel en sus recuerdos, les puede parecer fantástica. No se puede amar lo que no se conoce, reza el adagio...
De todas formas, admitámoslo, los monumentos iluminados en la noche sobre un fondo oscuro pueden tener su encanto; destacan más que con el cegador fondo azul habitual. Eso si, un fondo oscuro sin estrellas, claro... Con estrellas, tal vez mejor, ¿no?
Para Miquel, simplemente, las nubes nocturnas iluminadas por la ciudad eran bellas. Y solo es cuando Andrea, dejándose llevar por la emoción del momento, obvia el contexto de contaminación lumínica, que puede encontrar cierto placer estético en su contemplación. Para Miquel, simplemente, no existe problema alguno. Andrea, por otro lado, conoce los efectos negativos de la sobre iluminación nocturna.
Y esos efectos negativos no son baladí.
A nivel ecológico, la contaminación lumínica afecta al 30% de los vertebrados y al 60% de los invertebrados nocturnos. Les provoca pérdida de orientación, desórdenes en la reproducción, desequilibrios en la función de depredación, polinización, en la competencia entre especies y desórdenes en los ritmos circadianos. Todo esto comporta terribles consecuencias en la biodiversidad y el equilibrio de los ecosistemas.
Si no estamos muy sensibilizados en temas ecológicos (como si no formáramos parte del ecosistema; muy típico de los Homos Sapiens, si), deberíamos saber que la contaminación lumínica también nos afecta a nosotros. La luz en horas nocturnas nos provoca desajustes en la producción de diferentes hormonas, como melatonina, cortisol o TSH-tiroides. La melatonina, por ejemplo, tiene demostrados efectos antioxidantes y su carencia provoca cáncer (no lo digo yo, lo dice la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer- IARC). Estos desequilibrios hormonales también causan diabetes, obesidad, insomnio y problemas cardiacos.
El trabajo nocturno es un potenciador caldo de cultivo de todos estos problemas. Además, el turno de noche es una fuente de accidentes laborales por trabajadores somnolientos (incluidos los de tráfico).
Y también a otro nivel, la contaminación lumínica dificulta un tipo de observación astronómica que, tal vez, nos deberían preocupar algo más que el simple progreso en el conocimiento del Universo: Los observatorios terrestres que tienen entre sus funciones buscar y monitorear asteroides potencialmente peligrosos para la tierra, han visto esta actividad muy limitada debido a que el cielo ya no es suficientemente oscuro. Ya no pueden ver a los asteroides pequeños cuando están cerca de la Tierra y solo pueden detectar a los muy grandes cuando están relativamente cerca.
La pregunta que habría que plantearse podría ser: ¿Si sabemos que la contaminación lumínica, además de privarnos de la visión del Universo, tiene todas estas consecuencias negativas, estamos dispuestos a seguir viviendo con ella solo porque encontramos cierta belleza en nuestras noches iluminadas, porque tenemos miedo a la oscuridad (en general) o porque culturalmente no conocemos otra cosa?

