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domingo, 3 de julio de 2022

Las bellezas de la noche

 Como era habitual en los últimos años en Barcelona, el principio del otoño parecía más una mera prolongación del verano que un preludio del invierno. Cálido, monótono, bochornoso, casi tropical, dada la anormalmente elevada temperatura del mediterráneo. Los más antiguos del lugar, juraban que antaño, a esas alturas, extensas tormentas habían barrido ya el litoral, provocando un descenso de las temperaturas con el que los barceloneses sacaban del armario las primeras mangas largas. Nada más lejos de la actual realidad, donde la manga corta dominaba el escenario y donde los únicos motivos por los que las playas no rebosaban carne humana, eran las jornadas laborables de nativos y turistas estivales.

Y en manga corta salieron Andrea y Miquel a la terraza después de cenar. A pesar de que no quedaba rastro de luz solar, podían distinguirse las caras perfectamente, gracias a la potente luz exterior del vecino quien, habiendo marchado el fin de semana, la había dejado encendida, iluminando su terraza y las de los pisos contiguos. Andrea y Miquel hacía poco más de un mes que vivían juntos en un ático del Poble Sec. Orientada al NO, la magnífica terraza cobraba protagonismo en los meses cálidos del año.

-Buf, que calor- musitó Miquel al tenderse en su hamaca reclinable. Andrea, sentada con las piernas cruzadas sobre un cojín en el banco de madera, asintió.

-Sí, menudo bochorno; esta brisa marina ha hecho dispararse la humedad. Estamos a un 82%, lo acabo de ver en el Meteocat. -En realidad, Andrea no tenía calor. Su friolera naturaleza (y una casi total ausencia de  grasa corporal) le hacía soportar bastante bien los rigores estivales, mientras que Miquel, con algo de sobrepeso, era más afín a las estaciones frías.

Miquel encendió un cigarrillo y se quedó mirando fijamente al cielo, donde unos inofensivos estratocúmulos desfilaban de este a oeste.

-¿No son bonitos? -Miquel fumaba relajado y el humo del tabaco se dispersaba, elevándose hacia las iluminadas nubes, que en la noche barcelonesa cobraban un tinte gris marrón.

Aunque Andrea, como buena astrónoma aficionada, intentaba, de vez en cuando, concienciar a Miquel sobre los excesos y consecuencias negativas de la sobre iluminación urbana, nunca le había hablado de las nubes. Pensó en comentar que en las zonas sin contaminación lumínica, las nubes eran invisibles, solo detectables por su capacidad de  ocultar las estrellas, y que las que estaban viendo ahora mismo, cobraban vida, solamente, al reflejar la luz que la gran ciudad proyectaba hacia arriba. Es decir, que además de gastar ingentes cantidades de dinero sobre iluminando nuestras calles, también solíamos derrocharlo iluminando nubes. ¿Acaso no era ese uno de los síntomas del declive de una civilización?, pensó Andrea mientras tomaba aire para exponer sus reflexiones.

-Tengo tantos buenos recuerdos nocturnos de Barcelona con un telón de fondo de nubes como este... -Miquel se puso cómodo, descalzándose las viejas sandalias y aflojando el botón del pantalón. -¿Te acuerdas de la noche que nos conocimos en el Pastis? -Miquel comenzaba a entrar en modo sentimental, mientras Andrea intentaba, en vano, recordar aquellas nubes.

-Ah, si, ahora que lo dices...

-¿Y aquella otra vez sentados en los bancos delante de la catedral? La fachada iluminaba la noche; nuestra noche... que bonito, ¿te acuerdas del rato que pasamos abrazados?

-Andrea, en efecto, recordaba aquella gélida madrugada de febrero, pero no tanto por el romanticismo de la escena (que también), sino por el riesgo real de hipotermia al que se vio expuesta. Riesgo minimizado, afortunadamente, por el calor corporal de Miquel y su cálido abrazo.

-Soy un romántico de la noche barcelonesa. Y que me dices de las iluminaciones navideñas. La Rambla, el Passeig de Gràcia... ¡Aaaaah!

-Miquel suspiró profundamente y se regaló una última e intensa calada, bajando después la mirada y buscando el contacto visual con Andrea. La luz de la lámpara del vecino tintineaba en sus expresivos ojillos. Miquel sonrió, y esa sonrisa borró cualquier posible atisbo de réplica en Andrea, quien obvió comentar lo excesivas que le parecían las iluminaciones navideñas y las odiosas connotaciones comerciales de dichas festividades. No solo eso, sino que, por un momento, imaginó que aquellas nubes que le recordaban la horrible contaminación lumínica de la ciudad, podían ser tan bellas como la mismísima nebulosa de Orión; solo hacía falta observarlas con una mirada libre de prejuicios y relajarse en su contemplación. Progresivamente, y casi sin quererlo, una tímida sonrisa se le dibujó también a ella en la cara, mientras en amoroso ademán, golpeaba dos veces con la palma de la mano el banco, a lo que Miquel respondió acudiendo presto a su lado...


La constelación de Orión elevándose sobre Bcn (diciembre 2021)






sábado, 30 de abril de 2022

La noche y el miedo *



Sería a mediados de los noventa del siglo XX; una noche de verano. No recuerdo el sitio exacto, pero me encontraba en un collado a unos 2500-2600 m de altura, en un vivac en el llamado pirineo catalán (como si los Pirineos tuvieran nacionalidades). Tampoco recuerdo la cima o travesía pensada para el día siguiente, pero lo que si recuerdo es haber cargado en la pesada mochila el kilo de prismático (un 10x50 barato) para combinar dos de mis aficiones: el montañismo y la astronomía.

Después de la frugal cena, y con toda la ropa disponible encima, me tumbo en la esterilla listo para disfrutar del espectáculo del cielo nocturno en la alta montaña. La Vía Láctea, invisible desde la gran ciudad, luce espléndida. Zonas brillantes, formadas por millones de estrellas, se combinan con otras oscuras, nebulosas de gas y polvo que bloquean el paso de la luz a nuestros ojos. El espectáculo de por sí es sensacional, pero si además tomamos conciencia de lo que estamos viendo, es decir, nuestra galaxia desde el brazo exterior en el que nos encontramos, la visión adquiere una nueva perspectiva. Comienzo observando cúmulos estelares y nebulosas entre las constelaciones de Sagitario y Escorpio y acabo escaneando la bóveda celeste de horizonte a horizonte, con un espíritu entre hedonista y aventurero. Finalmente, el sueño me vence. Mientras me deslizo en el interior del saco, Júpiter, un auténtico faro en estos prístinos cielos, se aproxima al horizonte oeste dispuesto a desaparecer. Me quito las gafas, subo la cremallera del saco y cierro los ojos con una media sonrisa en los labios. Ahora toca descansar para la excursión de mañana.


De madrugada, una brisa fría me despierta. Debería haber construido un paravientos de piedras, musito para mis adentros, mientras la dentadura interpreta una repetitiva y conocida pieza de percusión. En mis ojos miopes, las estrellas son tenues globitos centelleantes, pero ya advierto el cambio de cielo: las constelaciones de verano han dejado paso a las de otoño (menos brillantes); la radiante Vía Láctea de verano ha desaparecido bajo el horizonte oeste y Júpiter hace horas que ilumina otras latitudes. Para colmo, advierto un siniestro desfile de parches oscuros a través de la desenfocada bóveda celeste; se trata de nubes, restos de una tormenta lejana arrastrados por los vientos de las alturas que ocultan generosas zonas del firmamento.

Instintivamente, alargo el brazo buscando las gafas en el lado izquierdo del saco. Las dejé a una distancia prudencial para no aplastarlas, pero no las encuentro. Las busco con la mirada, pero no veo nada. Literalmente. Me rodea una oscuridad casi absoluta. Ni siquiera distingo las crestas de las montañas del horizonte nocturno. No veo el suelo ni el saco de dormir y apenas distingo mi propia mano al acercarla a unos centímetros de la cara.

Comienzo a ponerme nervioso. Miro hacia arriba y siento que pierdo el equilibrio. Los ojos buscan en vano una referencia, mientras me revuelvo dentro del saco para buscar las dichosas gafas. El cielo, lejos de ser un contexto para orientarme, es un potenciador del acuciante vértigo que me invade. La ligera pendiente sobre la que descansa la esterilla, se me antoja un tobogán en el que, a poco que me mueva, bajaré rodando a hacer compañía a las vacas que pastan quinientos metros más abajo...

Antes que la ansiedad se apodere totalmente de mí, decido utilizar el viejo recurso de cerrar los ojos y concentrarme en la respiración. Y funciona (claro está). Poco a poco me calmo. Tanteando el frío suelo, doy con la linterna frontal; la enciendo y encuentro, por fin, las benditas gafas. Bajo la luz del frontal y la corrección de las lentes, el escenario cambia totalmente. Alcanzo a ver unos pocos metros a mi alrededor y la sensación de vértigo desaparece instantáneamente. Oteo la pendiente y sonrío todo lo que el rechinar de dientes me permite. No hay tiempo que perder y comienzo a apilar piedras para protegerme del viento. Ya queda menos para la salida del sol.


La cúpula de luz de Bcn desde el macizo del Garraf, a 23 km en línea recta.

Desde la misma localización, la vista en dirección opuesta muestra un cielo más oscuro.
Desde la misma localización, el horizonte en dirección opuesta es algo más oscuro. Se intuye una débil Vía Láctea. 



* Esta es la primera de tres entradas dedicadas a la pérdida del cielo nocturno en la civilización contemporánea. Me ha inspirado y me he servido de la lectura del libro de Paul Bogard "El fin de la oscuridad".