lunes, 11 de diciembre de 2023

Cimas y vistas

 Todas las cimas tienen una vista única. No importa su nombre, altura o situación; lo concurrida que esté o lo solitaria que sea; no importa el tiempo que se emplea en ascenderlas ni los medios necesarios para ello. Todas las cimas tienen una vista única, pero también una, que es común para todas. 

Y esa, normalmente, no la vemos.









Los caminos de la noche (comentario)



"No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante". 
 
Esto aseveraba doña Rosa, personaje femenino de la célebre novela de un escritor del siglo XX, de esta pequeña parte de planeta que, actualmente, llamamos España. 

Con la afición a la astronomía, Fran adquirió perspectiva. Pero no una cualquiera. Quizás, la más importante: la perspectiva cósmica. 
 
Aunque empezó a observar el cielo nocturno por mero placer estético, las eternas preguntas que se plantea el ser humano, no tardaron en aflorar en la joven e inquieta mente de Fran: El funcionamiento del Universo; nuestro lugar en él; su posible significado... (qué manía tenemos en buscar significados, ¿verdad?)
La escala de lo observado fue una de sus primeras investigaciones. Descubrió así, comenzando por el sistema solar, que si redujéramos el diámetro de la Tierra a 1 mm (un granito de arena), el Sol sería como una naranja de 11 cm y estaría a unos 12 m (casi la anchura de un campo de baloncesto). La Luna, nuestro vecino cósmico, estaría situada a unos 3 cm de la Tierra. Venus, el planeta más próximo, a unos 3.3 m y Marte a 6 m. El planeta más lejano al Sol, Neptuno, siguiendo la escala, orbitaría el Sol a unos 360 m. Alejándonos en busca de la estrella más cercana a la Tierra, Próxima Centauri, se encontraría a unos 3300 Km (aprox. la distancia entre Barcelona y Jerusalén). Si pudiéramos viajar a la velocidad de la luz, tardaríamos un poco más de 4 años en llegar. La tecnología actual, sin embargo, alarga el viaje a unos varios miles de años.
Aparte del sistema de Próxima, formado por tres miembros, la siguiente estrella está ya a unos 6 años luz. Y hablamos del vecindario estelar, claro. Nuestra galaxia, la Vía Láctea, cuna de todas las estrellas visibles a simple vista, tiene un diámetro medio de 100.000 años luz. Y no está sola en el Universo. Pertenece al denominado Cúmulo Local, formado por unas 30 Galaxias (la de Andrómeda, por citar a la mayor, está a unos 2.5 millones de años luz). El cúmulo local, a la vez, forma parte del supercúmulo de Virgo, que contiene unos 100 grupos y cúmulos de galaxias. Este supercúmulo tiene unos 107 millones de años luz y no es más que uno de los millones de supercúmulos a lo largo del Universo observable.  

Si la conciencia de la escala física del Universo fue de vital importancia para Fran, la perspectiva temporal del Universo no le resultó baladí. Comenzando (como buen Homo sapiens) por nuestra especie, los restos más antiguos de esta, datan de poco más de 300.000 años (bastante comparado con los 100 años de vida de los especímenes más longevos). Claro que, mirando un poco más atrás, el primer homínido conocido, vivió hace la friolera de 4.2 millones de años. Que es bastante poco comparado con el origen de la vida en la Tierra, estimado en 2000 millones de años. Pero es que la Tierra misma tiene unos 4500 millones de años. 
Si estas cifras no le parecen mucho, lo que viene ahora puede ser, definitivamente, abrumador. Tanto, que, para simplificar, utilizaremos el calendario cósmico (popularizado por Carl Sagan) en el que la historia del Universo conocido se reduce a un año terrestre, comenzando con el Big Bang el uno de enero a medianoche y terminando el treinta y uno de diciembre a medianoche también, con el momento actual. De esta forma, entre febrero y abril, se forman las primeras nebulosas. Nuestra galaxia, la Vía Láctea, el 1 de mayo y la primera quincena de septiembre, aparecen el sistema solar y la Tierra. Las primeras formas de vida llegan a nuestro planeta el 30 de septiembre. El uno de diciembre se empieza a desarrollar la atmósfera de Oxígeno, tal y como la conocemos, y el 17 aparecen los primeros invertebrados. El 19 de diciembre los peces y vertebrados y el 21 los primeros insectos. El 23 árboles y reptiles y el 24 los dinosaurios. El 29 los primeros primates y el 31 a las 22:30 hacemos nuestra aparición (no sé si estelar; diría que no) sobre la corteza terrestre. A las 23:46 dominamos el fuego y a las 23:59. 35 aparecen las primeras civilizaciones neolíticas. A las 23.59.51 se inventa el alfabeto y la rueda y a las 23.59.54 aparece la metalurgia del Hierro. El supuesto nacimiento de Cristo sería a las 23.59.56 y la llegada de Colón a América a las 23.59.59. Desde entonces, ha pasado un segundo...


La reacción de cualquier ser minúsculo y egocéntrico como nosotros (que esté en su sano juicio) ante tamaña inmensidad no puede ser otra que un baño de humildad (o más bien una catarata de fría y dolorosa humildad). Tan insignificante somos, a escala física y temporal, frente al Universo conocido, que nuestras enormes preocupaciones dejan de serlo casi instantáneamente. Nuestro yo, que parecía regir el común de nuestra existencia, se sitúa a un lado, dejando un inquietante silencio de preguntas con respuestas que no queremos oír y de preguntas que, tal vez, nunca tengan respuesta.

Progresivamente, a medida que esta nueva conciencia ganaba terreno en su mente, Fran dejó de interesarse por los deportes de competición y poco a poco, fue perdiendo el sentido de pertinencia a nación alguna. Entendió que las diferencias entre humanos que antes se le antojaban irreconciliables, no eran más que fantasías que nuestro cerebro fabricaba con algún propósito desconocido (qué manía con buscar propósitos, ¿verdad?) y nefastas consecuencias. Se volvió un pacifista convencido y adquirió una nueva sensibilidad ecológica y una empatía hacia el resto de seres vivientes. En definitiva, aprendió a valorar el oasis de nuestro pequeño planeta en la fría inmensidad del desértico Universo y a tomar conciencia del modo de funcionar de nuestra mente y de las consecuencias negativas para la humanidad y el planeta que provocaba. 
Por supuesto, como ya se ha dicho, que estos cambios no fueron instantáneos y hubo varios tiras y afloja. La parte emocional de nuestro cerebro hace aparición cuando la racional cree tenerlo todo controlado para volver a las viejas pulsiones. Finalmente, Fran aprendió, en gran medida, a calmar su mente y a controlar sus emociones. Pero esa es otra historia. 
  
Desde entonces, su vida fue más sencilla y más plena y sus observaciones astronómicas se convirtieron en una (aún más) placentera experiencia. "Una de las mejores maneras de pasar el tiempo que me queda sobre la superficie de este diminuto y hermoso planeta, es observando el Universo." Esto solía decir Fran cuando le preguntaban por su afición.

Una parte de nuestra galaxia, entre las constelaciones de Casiopea y Perseo. También, en la imagen, nuestra vecina, la Galaxia de Andrómeda.