"No hay oscuridad, sino ignorancia".
William Shakespeare.
Años después de aquella experiencia, descubrí que en los cielos realmente oscuros, alejados de la contaminación lumínica de la civilización, los planetas más brillantes (Venus y Júpiter) son capaces de iluminar ligeramente la noche, llegando incluso a proyectar sombras. Pero es que también la Vía Láctea de verano (mucho más modesta en cuanto a intensidad luminosa), puede proyectar tenues sombras sobre el suelo. Obviamente, solo lo advertiremos cuando nuestras pupilas estén totalmente dilatadas y adaptadas a la oscuridad. Estas sutilezas, huelga decir, pasan totalmente inadvertidas a los habitantes de las ciudades, donde incluso la deslumbrante luna llena, prácticamente desaparece bajo la ingente luminaria urbana.
La ausencia de estas fuentes de luz naturales, sumadas al efecto de las nubes "apagando" importantes zonas del cielo, propiciaron que al despertarme en la madrugada, experimentara una oscuridad mucho más intensa que durante la primera parte de la noche. Y la oscuridad desorienta y nos da miedo. De niños, en general, y a una pequeña parte de la población adulta.
Nictofobia es como llaman los psicólogos al miedo a la oscuridad, definido como miedo irracional causado por una percepción distorsionada y anticipatoria de los peligros que nos acechan en la oscuridad. Eso si, ningún psicólogo propone sobre iluminar nuestro entorno hasta sentirnos "seguros", como pasa, en general, en todas las ciudades y poblaciones. Claro que ni los políticos (responsables del alumbrado público) son psicólogos, ni tienen intención de prevenir o curar la nictofobia de una pequeña parte de la población (sus motivaciones son otras). Lo cierto es que bastantes de los Homo sapiens actuales manifiesta, en mayor o menor grado, miedo a la oscuridad.
Años después de aquella experiencia, también descubrí que el miedo a la oscuridad tiene un componente cultural. En efecto, la mayoría de los occidentales descendientes de la tradición cristiana, aprendemos desde pequeños que la luz es buena y la oscuridad mala: lo devoto contra lo pecaminoso; la virtud contra la maldad. Y nos protegemos de ese miedo sobre iluminando nuestro entorno. Sin embargo, no todo el judeocristianismo predica con estos principios. En la Biblia abundan ejemplos de lo contrario. La noche allí, es un lugar en el que las personas experimentamos la presencia de Dios. Un par de ejemplos:
Génesis 32, la historia de Jacob y su lucha nocturna con un ser divino que, después de ser derrotado, le convierte en Israel. O en el primer libro de Samuel, cuando Dios le llama en la noche para ser profeta. En ambos casos, la noche nos transforma en algo superior; es un escenario de creación, no de destrucción, corrupción o decadencia.
Algo más cercano nos resulta San Juan de la Cruz, cuando habla de "la noche oscura del alma". "Oscura noche... estando mi casa sosegada."
También otras culturas que nos son ajenas, tienen diferentes aproximaciones a la noche. Los pueblos nativos de Norteamérica, por ejemplo, han visto durante siglos una gran espiritualidad en ella. Es en la noche donde realizan numerosas ceremonias y rituales y es vista, a menudo, como un tiempo de sanación. Para ellos, el negro no es siempre malo y el blanco no siempre es bueno. Los dos se equilibran y complementan. Por ejemplo, en la cultura Abenaki, se representa a Gluskabe, el héroe, flanqueado por un lobo blanco y otro negro. Uno es el día, el otro la noche y ambos son guardianes y compañeros.
También desde oriente la noche es tratada, tradicionalmente, de forma diferente a la occidental. El japonés Jun ´ ichiro Tamizaki, en su libro "Elogio a las sombras" (1933) hace un retrato de la evolución de la iluminación nocturna en la cultura occidental: "De la vela a la lámpara de aceite; de la lámpara de aceite a la luz de gas; de la luz de gas a la luz eléctrica. Su búsqueda por una luz más brillante nunca cesa. No escatima esfuerzos para erradicar aun la más mínima sombra."
La sensación de seguridad que nos proporciona la iluminación nocturna es un tema a matizar, también. Sin duda, un mínimo de luz es necesaria, pero un exceso nos provoca pérdida de visión. Esto lo saben bien quienes suben a un escenario, donde, normalmente, es imposible ver al público más allá de las primeras filas. O los conductores nocturnos, cuando se cruzan con un automóvil que no apaga las luces largas. Si una potente farola nos deslumbra, no veremos apenas, al entrar en un entorno no ya oscuro, sino simplemente menos iluminado, por lo que sentiremos miedo al no poder distinguir posibles peligros. La solución no es sobre iluminar una ciudad en aras de aumentar la seguridad de la ciudadanía, sino disponer de un sistema de alumbrado público de intensidad uniforme, en general, y variable según la densidad de viandantes o automóviles. Además, en contra de lo que se suele pensar, los ladrones necesitan luz para trabajar. ¿No es más sospechoso alguien que pasa un rato ante la cerradura de una puerta con una linterna en un entorno de luz discreta, que el que lo hace sin linterna en un entorno sobre iluminado? ¿No llama más la atención un viandante a altas horas de la madrugada que, mediante sensores de movimiento, enciende o hace aumentar la intensidad de las farolas de la calle por la que transita que uno que lo hace por una vacía y sobre iluminada?
Por si acaso le quedan dudas (seguro que sí; no sé si tal vez por su acervo cultural), varios estudios ratifican que apagar las luces (o disminuir su intensidad) en una ciudad, no aumenta el número de robos o accidentes de tráfico. *
Por último, una reflexión: iluminar la noche hasta hacer desaparecer la oscuridad, es vivir en un mundo irreal, artificial. Los Homo sapiens llevamos 200000 años conviviendo con la noche y sus tinieblas y sufriendo miedo (en mayor o menor grado dependiendo de nuestra época y cultura). No parece motivo de preocupación para la supervivencia de la especie (suponiendo que a nuestros ombligos le importe la supervivencia de la especie, claro).
* Por ejemplo, un estudio de la UCL & London School of Hygiene and Tropical Medicine, publicado en julio de 2015 en el Journal of Epidemiology an Community Health.