Equipado con el fular rojo y la linterna, Fran se siente idiota. Lo suyo nunca han sido los juegos en grupo, y menos al aire libre, pero correr de noche por caminos de tierra, huyendo como dementes de los focos de las linternas, le parece una absoluta y horrenda pérdida de tiempo. Por no hablar de la posibilidad real de tropezar y partirse la crisma, claro. Con lo bien que estaría en casa leyendo el libro de microscopía que robó la semana pasada de la biblioteca del colegio y no en esa masía perdida quién sabe dónde. Malditas colonias de final de curso...
El profesor les explica el funcionamiento del juego. "Liberar al árbol", se llama. Dos equipos: el rojo y el amarillo. Se trata de tocar un árbol antes de que te ilumine la linterna de algún compañero del equipo rival. Gana el equipo que más miembros consigue que toquen al árbol. Vamos, que el que puso nombre al juego se quedó a gusto.
Fran apenas presta atención. Su mirada y pensamientos están focalizados en Sonia. Sentada modosita en la primera fila del equipo amarillo, le parece una diosa. Su casta melena morena, sus estilizadas piernas, sus pechillos inmaculados... El contraste entre la piel pálida y la oscura y misteriosa mirada, le tiene totalmente hipnotizado. Desde que llegara a su clase hace dos cursos le llamó la atención. Ahora, con la madurez que le brindan sus recién cumplidos doce años, puede afirmar con rotundidad, que es la niña más guapa que ha visto en su vida.
Sonia ni le mira. En realidad, es como si para ella, él no existiera. En todo el curso, no han cruzado más que unas pocas frases, y la gran mayoría fueron durante una actividad en grupo en la clase de lengua. El ligero tartamudeo de Fran siempre que ella le hablaba, tampoco ayudó mucho a profundizar la relación, todo sea dicho.
Al grupo rojo les corresponde "liberar al árbol". Tal vez si se deja iluminar por Sonia, podrán compartir algunas palabras. Esta única motivación para afrontar el juego, se desvanece cual azucarillo al comprobar que el guaperas de Iván está entablando una animada conversación con su amor platónico. Los dos sonríen y él le toca repetidas veces el hombro a ella, quien, en vez de hacer ademán de apartarse, sigue entusiasmada la charla.
Con el silbato del profesor, los niños del fular rojo arrancan a correr despavoridos por un camino surcado de raíces de árboles. A regañadientes, Fran sale el último del grupo con un discreto trote con el que será presa fácil de las linternas del equipo rival. Solo quiere que le iluminen y acabar cuanto antes con esta farsa.
Lleva un minuto corriendo y ya suda con abundancia, así que decide parar y limitarse a andar. Es lo más sensato, piensa.
La linterna alumbra bien la pista rural. Los márgenes, por el contrario, están sumidos en la más absoluta oscuridad. De fondo oye gritos de los niños del grupo amarillo. Qué listos, piensa, gritando como energúmenos, lo único que consiguen es delatar su posición.
Fran decide esconderse; le parece una buena manera de manifestar su descontento y negarse a participar en el jueguecito absurdo. Apartando arbustos con la mano y alumbrando con la linterna se adentra en un lateral del camino. A los pocos metros encuentra un pequeño claro en el bosque y se sienta en una amplia y pulida roca que parece hecha ex profeso. Apaga la linterna; no es cuestión de gastar pilas en balde. La oscuridad le produce un poco de miedo. No sabe que animal salvaje puede abalanzarse sobre él y apenas ve nada. Poco a poco, su vista se adapta a la poca luz y, sorprendentemente para él, comienza a distinguir las formas de los árboles. El miedo desaparece progresivamente y ya se siente más cómodo. Quien se lo iba a decir, él que siempre había eludido la oscuridad en cuanto podía.
Los energúmenos del fular amarillo pasan bramando, como si de una manada de búfalos salvajes se tratase. La situación es entre hilarante y repulsiva. Les separan apenas 4-5 m, pero no le ven. Fran se imagina a Sonia corriendo al lado de Iván y le entran arcadas. Tiene el estómago revuelto. Tal vez sea un corte de digestión después de repetir tres veces el postre de la cena.
Sentado en la roca, los minutos pasan lentos. Su mente es una engrasada máquina de producir pensamientos, que aparecen sin orden ni lógica aparente, pero que le van sumiendo en un estado de nerviosismo y ansiedad que le es familiar. En casa, suele solucionarlo con largas sesiones de carrera continua por la zona industrial que rodea su barrio o lanzando en la canasta de delante de casa hasta que las piernas y brazos le flaquean. Ahora mismo, lo que más le apetece es arrancar a correr, gritando hasta que le revienten las cuerdas vocales... casi como los energúmenos del fular amarillo.
De repente, sucede algo increíble: literalmente, se hace de día. Tanto, que Fran puede apreciar su propia sombra y, sorprendido, observa como esta se desplaza por el suelo, como si un objeto volador iluminase su posición. Siente miedo y se acurruca en la piedra, colocando la cabeza entre las rodillas, como buscando refugio ante el eventual ataque aéreo. Las pulsaciones se disparan, y se sorprende temblando, agazapado, mientras un sudor frío le recorre el cuerpo.
Pocos segundos después, vuelve la oscuridad. Lentamente, se incorpora y levanta la cabeza hacia el cielo. Allí descubre una línea de humo que se divide en dos y que, aparentemente, debe ser la traza del objeto volador. Se queda un momento mirando los restos de humo, pero la vista se le va al fondo del cielo. Allí, miles de estrellas centellean impasibles, componiendo una imagen que a Fran le parece bellísima. Desde la ciudad, nunca se había detenido a mirar el cielo nocturno, más que alguna salida de la luna por encima de los bloques de delante de casa. Claro que el cielo de la ciudad no tiene estrellas. Nunca sospechó que el firmamento podía albergar semejantes gemas; auténticos diamantes en un fondo de terciopelo oscuro.
Poco a poco, a medida que sus pupilas se dilatan y su retina se adapta a la oscuridad, descubre nuevos pequeños puntos de luz. También se da cuenta de que algunas estrellas tienen una tonalidad anaranjada, otras azuladas y otras amarillentas. Su imaginación traza líneas entre estrellas que dibujan formas geométricas y admira con curiosidad, una especie de camino blanquecino, débilmente iluminado, que surca el firmamento de horizonte a horizonte. Fran lleva un buen rato mirando la bóveda celeste y el cuello le empieza a doler. Como volver al jueguecito del árbol no es una opción, decide tumbarse en el suelo a seguir disfrutando del espectáculo; la hierba es acogedora y la temperatura suave en este final de primavera.
¿Cómo ha podido perderse semejante belleza durante tantos años?
Le despiertan los compañeros de clase gritando; parece que aún siguen salvando árboles, a esas horas. Afinando el oído, sin embargo, advierte que gritan su nombre. Qué raro...
Sale bostezando al camino donde recibe los calurosos abrazos de sus compañeros. Sonia le mira fijamente al lado de Iván, mientras llega su tutor, quien le reprende por su irresponsable actitud. El típico sermón paternalista de Ángel, su profe preferido, por otro lado. En fin, nadie es perfecto.
El grupo vuelve a la masía hablando en voz alta y alumbrando desmesuradamente el camino. Al levantar la mirada, Fran comprueba que ya no ve apenas estrellas y comienza a entender entonces por qué en la ciudad el cielo nocturno es un yermo y triste manto gris.
Las conversaciones pronto derivan hacia la hazaña del Barça, flamante recién campeón de liga, pasando por el último sencillo de Madonna o las nuevas películas de Rambo o Rocky.
Ajeno a todo, Fran camina relajado, en silencio, con una media sonrisa en la cara. El espectáculo del Universo todavía resuena en su memoria y lo seguirá haciendo por unas cuantas horas más. Aún no lo sabe, pero aquella noche bajo las estrellas, cambiará para siempre su vida.
