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martes, 13 de enero de 2026

A la mierda (2x)



Hace unos días, volviendo del trabajo en ferrocarril, compartía asiento con dos chicas de aspecto nórdico, de unos veintipocos años que hablaban un idioma que no fui capaz de identificar. Una delante de mí y la otra sentada a mi lado. Esta última, por motivos que desconozco, resolvió que era el momento de poner un pie sobre el asiento vacío. No la juzgo, yo también tuve ese impulso, después de la jornada laboral matutina. Pero, a pesar de todo, no pude evitar mirar indisimuladamente, primero el pie y después a ella. Tal vez advirtiera que esa no era una actitud demasiado cívica, incluso en un país del ¿incivilizado? sur de Europa. Sin duda reparó en mi gesto, pero supongo que debió pensar "a la mierda" y decidió colocar el otro pie sobre el asiento, mientras seguía en animada charla con su compañera.

 

Aunque no soy lingüista, sospecho que la expresión "a la mierda" debe ser una de las más comunes a todas las lenguas habladas sobre la faz de la Tierra. En lo que nos atañe, no me refiero al "a la mierda" que, tal vez, debió pensar la chica del ferrocarril antes de descansar el segundo pie sobre el asiento. Este, es una expresión plenamente consciente, premeditada; nada espontáneo ahí. Hay otro "a la mierda", empero, que brota de recovecos más profundos y desconocidos de nuestro cerebrito de Homo sapiens. Es el que la llevó a colocar el primer pie sobre el asiento y es el mismo que nos impulsa a acometer multitud de acciones a diario que tienen consecuencias negativas (en general). Se trata de algo instintivo y nada racional. Sería algo así como un "por mis cojones/ovarios"o "porque yo lo valgo" inconsciente. 

Así, a bote pronto, se me ocurren unos cuantos ejemplos ilustrativos: mantener el motor encendido más tiempo del necesario en un parking; darnos nuestro baño diario durante una sequía; tirar la basura en cualquier sitio menos en un contenedor (añadan también no reciclar la basura); miccionar en un portal; tener hijos (bueno, esta, si no es de su agrado, la pueden obviar); estornudar o toser en un sitio público sin ninguna medida de protección; mirar el móvil mientras nuestra pareja nos habla; tirar una colilla mientras viajamos por una carretera en verano; mirar indisimuladamente al pasajero que coloca un pie sobre el asiento, etc. 

Dependiendo de las consecuencias del "a la mierda" nos podemos encontrar con acciones a un nivel superior. Son los "a la mierda" de millonarios, empresarios, políticos, etc. Se los pueden imaginar...

Pues bien, cuando la mente está en calma, ese "a la mierda" instintivo, no lo es tanto. O mejor dicho, lo vemos venir. Entonces, si contradice nuestra educación, nuestros principios éticos y morales, podemos frenar ese impulso. 

Cuando esto me sucede, después de abortar el comportamiento impulsivo, suelo pensar: "a la mierda". Esta segunda vez, es, sin duda, una auténtica celebración de libertad. La otra, simplemente, una manifestación más de las miserias de un condicionado homínido que se cree libre.