sábado, 30 de abril de 2022

La noche y el miedo *



Sería a mediados de los noventa del siglo XX; una noche de verano. No recuerdo el sitio exacto, pero me encontraba en un collado a unos 2500-2600 m de altura, en un vivac en el llamado pirineo catalán (como si los Pirineos tuvieran nacionalidades). Tampoco recuerdo la cima o travesía pensada para el día siguiente, pero lo que si recuerdo es haber cargado en la pesada mochila el kilo de prismático (un 10x50 barato) para combinar dos de mis aficiones: el montañismo y la astronomía.

Después de la frugal cena, y con toda la ropa disponible encima, me tumbo en la esterilla listo para disfrutar del espectáculo del cielo nocturno en la alta montaña. La Vía Láctea, invisible desde la gran ciudad, luce espléndida. Zonas brillantes, formadas por millones de estrellas, se combinan con otras oscuras, nebulosas de gas y polvo que bloquean el paso de la luz a nuestros ojos. El espectáculo de por sí es sensacional, pero si además tomamos conciencia de lo que estamos viendo, es decir, nuestra galaxia desde el brazo exterior en el que nos encontramos, la visión adquiere una nueva perspectiva. Comienzo observando cúmulos estelares y nebulosas entre las constelaciones de Sagitario y Escorpio y acabo escaneando la bóveda celeste de horizonte a horizonte, con un espíritu entre hedonista y aventurero. Finalmente, el sueño me vence. Mientras me deslizo en el interior del saco, Júpiter, un auténtico faro en estos prístinos cielos, se aproxima al horizonte oeste dispuesto a desaparecer. Me quito las gafas, subo la cremallera del saco y cierro los ojos con una media sonrisa en los labios. Ahora toca descansar para la excursión de mañana.


De madrugada, una brisa fría me despierta. Debería haber construido un paravientos de piedras, musito para mis adentros, mientras la dentadura interpreta una repetitiva y conocida pieza de percusión. En mis ojos miopes, las estrellas son tenues globitos centelleantes, pero ya advierto el cambio de cielo: las constelaciones de verano han dejado paso a las de otoño (menos brillantes); la radiante Vía Láctea de verano ha desaparecido bajo el horizonte oeste y Júpiter hace horas que ilumina otras latitudes. Para colmo, advierto un siniestro desfile de parches oscuros a través de la desenfocada bóveda celeste; se trata de nubes, restos de una tormenta lejana arrastrados por los vientos de las alturas que ocultan generosas zonas del firmamento.

Instintivamente, alargo el brazo buscando las gafas en el lado izquierdo del saco. Las dejé a una distancia prudencial para no aplastarlas, pero no las encuentro. Las busco con la mirada, pero no veo nada. Literalmente. Me rodea una oscuridad casi absoluta. Ni siquiera distingo las crestas de las montañas del horizonte nocturno. No veo el suelo ni el saco de dormir y apenas distingo mi propia mano al acercarla a unos centímetros de la cara.

Comienzo a ponerme nervioso. Miro hacia arriba y siento que pierdo el equilibrio. Los ojos buscan en vano una referencia, mientras me revuelvo dentro del saco para buscar las dichosas gafas. El cielo, lejos de ser un contexto para orientarme, es un potenciador del acuciante vértigo que me invade. La ligera pendiente sobre la que descansa la esterilla, se me antoja un tobogán en el que, a poco que me mueva, bajaré rodando a hacer compañía a las vacas que pastan quinientos metros más abajo...

Antes que la ansiedad se apodere totalmente de mí, decido utilizar el viejo recurso de cerrar los ojos y concentrarme en la respiración. Y funciona (claro está). Poco a poco me calmo. Tanteando el frío suelo, doy con la linterna frontal; la enciendo y encuentro, por fin, las benditas gafas. Bajo la luz del frontal y la corrección de las lentes, el escenario cambia totalmente. Alcanzo a ver unos pocos metros a mi alrededor y la sensación de vértigo desaparece instantáneamente. Oteo la pendiente y sonrío todo lo que el rechinar de dientes me permite. No hay tiempo que perder y comienzo a apilar piedras para protegerme del viento. Ya queda menos para la salida del sol.


La cúpula de luz de Bcn desde el macizo del Garraf, a 23 km en línea recta.

Desde la misma localización, la vista en dirección opuesta muestra un cielo más oscuro.
Desde la misma localización, el horizonte en dirección opuesta es algo más oscuro. Se intuye una débil Vía Láctea. 



* Esta es la primera de tres entradas dedicadas a la pérdida del cielo nocturno en la civilización contemporánea. Me ha inspirado y me he servido de la lectura del libro de Paul Bogard "El fin de la oscuridad".

martes, 17 de agosto de 2021

Meditación, pensamiento y responsabilidades*

 El primer paso es tomar conciencia de que estamos pensando. Parece sencillo, pero no lo es en absoluto. Cada vez que advertimos pensamientos, tratamos de dirigir la atención a la respiración y postura corporal, relegando a un segundo plano dichos pensamientos. Dependiendo del estado de agitación de la mente y de nuestra experiencia, más tarde o más temprano nos sumergiremos, indefectiblemente, en nuevos o antiguos pensamientos. Esto puede resultar frustrante, al principio. Hay que tratar al estado de frustración como un pensamiento más...



A medida que pasan los minutos y la concentración va en aumento, podemos comenzar a disociar el estado mental de concentración y el de pensamiento. Con el tiempo, se llega a percibir al pensamiento como un proceso natural que surge espontáneo y al que podemos, si no eliminar, dejar a un lado por un espacio de tiempo más o menos prolongado. 

Cuando se llega a un cierto grado de dominio de la técnica, se tiene la sensación de que los pensamientos están en una habitación contigua; que crecen, se desarrollan y desaparecen rápidamente, en un proceso casi ajeno a nuestro estado actual de concentración. Los percibimos "en la distancia" y notamos que ya no nos influencian. Comenzamos a estar "protegidos" de las perturbaciones que habitualmente nos ocasionan.

En este punto, sentimos como si, prácticamente, dejáramos de ser responsables de las oleadas de pensamientos que vienen y van en "la habitación de al lado" de nuestro cerebro. 

Finalmente, después de tanto pensar y meditar, podemos llegar a una conclusión : 

Si apenas somos responsables de nuestros pensamientos, 

¿Cómo vamos a serlo de los pensamientos de los demás?


Respiremos...

 

 




*Esta entrada esta basada en mi experiencia personal como meditador.

miércoles, 26 de agosto de 2020

Todos somos iguales (en lo fundamental)

 

Todos somos iguales (en lo fundamental)

Todos tenemos potentes ombligos succionadores. ¹

Lenguas catapulta con abundante munición de palabras incendiarias.

Todos disponemos de un nutrido armario con miedosos chalecos salvavida ² para cada ocasión.

Unos cuantos terabytes dedicados, única y exclusivamente, a almacenar argumentos que justifiquen cualquier malinterpretación posible, ante otro individuo de nuestra especie.

A todos nos gusta tener sueños agradables y nos disgustan los desagradables. También todos creemos que la realidad no es ningún sueño.

Etc.


Todos somos iguales en lo fundamental. El hecho de que usted lector, desconfíe de esta afirmación, no hace sino corroborarla, pues otra de las características comunes a todos nosotros es, ni más ni menos, creernos diferentes; en lo fundamental también.








¹ Una hipótesis reciente en el campo de la astrofísica, asevera que el agujero negro del centro de la Vía Láctea es, en realidad, el ombligo de un Homo sapiens.

² Los "salvamuerte" siempre los llevamos puestos.