El primer paso es tomar conciencia de que estamos pensando. Parece sencillo, pero no lo es en absoluto. Cada vez que advertimos pensamientos, tratamos de dirigir la atención a la respiración y postura corporal, relegando a un segundo plano dichos pensamientos. Dependiendo del estado de agitación de la mente y de nuestra experiencia, más tarde o más temprano nos sumergiremos, indefectiblemente, en nuevos o antiguos pensamientos. Esto puede resultar frustrante, al principio. Hay que tratar al estado de frustración como un pensamiento más...
A medida que pasan los minutos y la concentración va en aumento, podemos comenzar a disociar el estado mental de concentración y el de pensamiento. Con el tiempo, se llega a percibir al pensamiento como un proceso natural que surge espontáneo y al que podemos, si no eliminar, dejar a un lado por un espacio de tiempo más o menos prolongado.
Cuando se llega a un cierto grado de dominio de la técnica, se tiene la sensación de que los pensamientos están en una habitación contigua; que crecen, se desarrollan y desaparecen rápidamente, en un proceso casi ajeno a nuestro estado actual de concentración. Los percibimos "en la distancia" y notamos que ya no nos influencian. Comenzamos a estar "protegidos" de las perturbaciones que habitualmente nos ocasionan.
En este punto, sentimos como si, prácticamente, dejáramos de ser responsables de las oleadas de pensamientos que vienen y van en "la habitación de al lado" de nuestro cerebro.
Finalmente, después de tanto pensar y meditar, podemos llegar a una conclusión :
Si apenas somos responsables de nuestros pensamientos,
¿Cómo vamos a serlo de los pensamientos de los demás?
Respiremos...


