domingo, 12 de abril de 2026

Creencias, prejuicios y fantasías.

 Todos nos creemos especiales* y todos buscamos a otro/a que nos parezca tan especial como nosotros, para, atracción sexual aparte, si es posible (hipótesis de trabajo), emparejarnos o trabar amistad. Y todos mostramos prejuicios ante los que consideramos no a nuestro nivel y guardamos prudente distancia con ellos. 

Cuando descubrimos que nuestra pareja o amistad no es tan especial como nos creemos ser, defraudados, normal e impulsivamente, acabamos rompiendo la relación. 

Y seguimos buscando nuestra fantasía.

Curiosa manera de relacionarse esta, basada en creencias, prejuicios y fantasías. 






 * Algunos, incluso, se creen y declaran orgullosamente raros.

 

martes, 13 de enero de 2026

A la mierda (2x)



Hace unos días, volviendo del trabajo en ferrocarril, compartía asiento con dos chicas de aspecto nórdico, de unos veintipocos años que hablaban un idioma que no fui capaz de identificar. Una delante de mí y la otra sentada a mi lado. Esta última, por motivos que desconozco, resolvió que era el momento de poner un pie sobre el asiento vacío. No la juzgo, yo también tuve ese impulso, después de la jornada laboral matutina. Pero, a pesar de todo, no pude evitar mirar indisimuladamente, primero el pie y después a ella. Tal vez advirtiera que esa no era una actitud demasiado cívica, incluso en un país del ¿incivilizado? sur de Europa. Sin duda reparó en mi gesto, pero supongo que debió pensar "a la mierda" y decidió colocar el otro pie sobre el asiento, mientras seguía en animada charla con su compañera.

 

Aunque no soy lingüista, sospecho que la expresión "a la mierda" debe ser una de las más comunes a todas las lenguas habladas sobre la faz de la Tierra. En lo que nos atañe, no me refiero al "a la mierda" que, tal vez, debió pensar la chica del ferrocarril antes de descansar el segundo pie sobre el asiento. Este, es una expresión plenamente consciente, premeditada; nada espontáneo ahí. Hay otro "a la mierda", empero, que brota de recovecos más profundos y desconocidos de nuestro cerebrito de Homo sapiens. Es el que la llevó a colocar el primer pie sobre el asiento y es el mismo que nos impulsa a acometer multitud de acciones a diario que tienen consecuencias negativas (en general). Se trata de algo instintivo y nada racional. Sería algo así como un "por mis cojones/ovarios"o "porque yo lo valgo" inconsciente. 

Así, a bote pronto, se me ocurren unos cuantos ejemplos ilustrativos: mantener el motor encendido más tiempo del necesario en un parking; darnos nuestro baño diario durante una sequía; tirar la basura en cualquier sitio menos en un contenedor (añadan también no reciclar la basura); miccionar en un portal; tener hijos (bueno, esta, si no es de su agrado, la pueden obviar); estornudar o toser en un sitio público sin ninguna medida de protección; mirar el móvil mientras nuestra pareja nos habla; tirar una colilla mientras viajamos por una carretera en verano; mirar indisimuladamente al pasajero que coloca un pie sobre el asiento, etc. 

Dependiendo de las consecuencias del "a la mierda" nos podemos encontrar con acciones a un nivel superior. Son los "a la mierda" de millonarios, empresarios, políticos, etc. Se los pueden imaginar...

Pues bien, cuando la mente está en calma, ese "a la mierda" instintivo, no lo es tanto. O mejor dicho, lo vemos venir. Entonces, si contradice nuestra educación, nuestros principios éticos y morales, podemos frenar ese impulso. 

Cuando esto me sucede, después de abortar el comportamiento impulsivo, suelo pensar: "a la mierda". Esta segunda vez, es, sin duda, una auténtica celebración de libertad. La otra, simplemente, una manifestación más de las miserias de un condicionado homínido que se cree libre.

 



 



 

 

sábado, 10 de enero de 2026

sábado, 12 de octubre de 2024

La ola de la mentira


 Las condiciones de la ola de la mentira son cuatro: 

1) Comienza pequeña y crece muy lentamente, pero nunca deja de hacerlo.

2) Tenemos una falsa sensación de seguridad en ella. Una sensación de poder, de dominio de la situación.

3) Cuanto más tiempo pasamos en ella, más difícil resulta bajarse y más dolorosa será la caída.

4) Indefectiblemente, al final, hay que bajarse o caer.

Bajo determinadas circunstancias, algunos Homo sapiens nos podemos pasar toda la vida en la gran ola de la mentira. Tomaremos decisiones que nos perjudiquen a nosotros y a personas a las que queremos, con tal de seguir en su cresta. 

Y el viento allá arriba es frío y solitario. 

sábado, 20 de julio de 2024

Limpiar los cristales


 Limpiar los cristales cada día. Y varias veces al día. Sabiendo que, a medida que pasen las horas y dependiendo del ángulo del sol, aparecerán nuevas manchas. Sabiendo que aquellas ralladuras, por mucho que friegues, nunca desaparecerán. Que muchos los verán impolutos, pero solo tú sabrás que no lo están. Y sabiendo, finalmente, que después de toda una dedicada vida de limpieza obstinada y perfeccionista, los cristales, evidentemente, seguirán siendo cristales.

lunes, 11 de diciembre de 2023

Cimas y vistas

 Todas las cimas tienen una vista única. No importa su nombre, altura o situación; lo concurrida que esté o lo solitaria que sea; no importa el tiempo que se emplea en ascenderlas ni los medios necesarios para ello. Todas las cimas tienen una vista única, pero también una, que es común para todas. 

Y esa, normalmente, no la vemos.









Los caminos de la noche (comentario)



"No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante". 
 
Esto aseveraba doña Rosa, personaje femenino de la célebre novela de un escritor del siglo XX, de esta pequeña parte de planeta que, actualmente, llamamos España. 

Con la afición a la astronomía, Fran adquirió perspectiva. Pero no una cualquiera. Quizás, la más importante: la perspectiva cósmica. 
 
Aunque empezó a observar el cielo nocturno por mero placer estético, las eternas preguntas que se plantea el ser humano, no tardaron en aflorar en la joven e inquieta mente de Fran: El funcionamiento del Universo; nuestro lugar en él; su posible significado... (qué manía tenemos en buscar significados, ¿verdad?)
La escala de lo observado fue una de sus primeras investigaciones. Descubrió así, comenzando por el sistema solar, que si redujéramos el diámetro de la Tierra a 1 mm (un granito de arena), el Sol sería como una naranja de 11 cm y estaría a unos 12 m (casi la anchura de un campo de baloncesto). La Luna, nuestro vecino cósmico, estaría situada a unos 3 cm de la Tierra. Venus, el planeta más próximo, a unos 3.3 m y Marte a 6 m. El planeta más lejano al Sol, Neptuno, siguiendo la escala, orbitaría el Sol a unos 360 m. Alejándonos en busca de la estrella más cercana a la Tierra, Próxima Centauri, se encontraría a unos 3300 Km (aprox. la distancia entre Barcelona y Jerusalén). Si pudiéramos viajar a la velocidad de la luz, tardaríamos un poco más de 4 años en llegar. La tecnología actual, sin embargo, alarga el viaje a unos varios miles de años.
Aparte del sistema de Próxima, formado por tres miembros, la siguiente estrella está ya a unos 6 años luz. Y hablamos del vecindario estelar, claro. Nuestra galaxia, la Vía Láctea, cuna de todas las estrellas visibles a simple vista, tiene un diámetro medio de 100.000 años luz. Y no está sola en el Universo. Pertenece al denominado Cúmulo Local, formado por unas 30 Galaxias (la de Andrómeda, por citar a la mayor, está a unos 2.5 millones de años luz). El cúmulo local, a la vez, forma parte del supercúmulo de Virgo, que contiene unos 100 grupos y cúmulos de galaxias. Este supercúmulo tiene unos 107 millones de años luz y no es más que uno de los millones de supercúmulos a lo largo del Universo observable.  

Si la conciencia de la escala física del Universo fue de vital importancia para Fran, la perspectiva temporal del Universo no le resultó baladí. Comenzando (como buen Homo sapiens) por nuestra especie, los restos más antiguos de esta, datan de poco más de 300.000 años (bastante comparado con los 100 años de vida de los especímenes más longevos). Claro que, mirando un poco más atrás, el primer homínido conocido, vivió hace la friolera de 4.2 millones de años. Que es bastante poco comparado con el origen de la vida en la Tierra, estimado en 2000 millones de años. Pero es que la Tierra misma tiene unos 4500 millones de años. 
Si estas cifras no le parecen mucho, lo que viene ahora puede ser, definitivamente, abrumador. Tanto, que, para simplificar, utilizaremos el calendario cósmico (popularizado por Carl Sagan) en el que la historia del Universo conocido se reduce a un año terrestre, comenzando con el Big Bang el uno de enero a medianoche y terminando el treinta y uno de diciembre a medianoche también, con el momento actual. De esta forma, entre febrero y abril, se forman las primeras nebulosas. Nuestra galaxia, la Vía Láctea, el 1 de mayo y la primera quincena de septiembre, aparecen el sistema solar y la Tierra. Las primeras formas de vida llegan a nuestro planeta el 30 de septiembre. El uno de diciembre se empieza a desarrollar la atmósfera de Oxígeno, tal y como la conocemos, y el 17 aparecen los primeros invertebrados. El 19 de diciembre los peces y vertebrados y el 21 los primeros insectos. El 23 árboles y reptiles y el 24 los dinosaurios. El 29 los primeros primates y el 31 a las 22:30 hacemos nuestra aparición (no sé si estelar; diría que no) sobre la corteza terrestre. A las 23:46 dominamos el fuego y a las 23:59. 35 aparecen las primeras civilizaciones neolíticas. A las 23.59.51 se inventa el alfabeto y la rueda y a las 23.59.54 aparece la metalurgia del Hierro. El supuesto nacimiento de Cristo sería a las 23.59.56 y la llegada de Colón a América a las 23.59.59. Desde entonces, ha pasado un segundo...


La reacción de cualquier ser minúsculo y egocéntrico como nosotros (que esté en su sano juicio) ante tamaña inmensidad no puede ser otra que un baño de humildad (o más bien una catarata de fría y dolorosa humildad). Tan insignificante somos, a escala física y temporal, frente al Universo conocido, que nuestras enormes preocupaciones dejan de serlo casi instantáneamente. Nuestro yo, que parecía regir el común de nuestra existencia, se sitúa a un lado, dejando un inquietante silencio de preguntas con respuestas que no queremos oír y de preguntas que, tal vez, nunca tengan respuesta.

Progresivamente, a medida que esta nueva conciencia ganaba terreno en su mente, Fran dejó de interesarse por los deportes de competición y poco a poco, fue perdiendo el sentido de pertinencia a nación alguna. Entendió que las diferencias entre humanos que antes se le antojaban irreconciliables, no eran más que fantasías que nuestro cerebro fabricaba con algún propósito desconocido (qué manía con buscar propósitos, ¿verdad?) y nefastas consecuencias. Se volvió un pacifista convencido y adquirió una nueva sensibilidad ecológica y una empatía hacia el resto de seres vivientes. En definitiva, aprendió a valorar el oasis de nuestro pequeño planeta en la fría inmensidad del desértico Universo y a tomar conciencia del modo de funcionar de nuestra mente y de las consecuencias negativas para la humanidad y el planeta que provocaba. 
Por supuesto, como ya se ha dicho, que estos cambios no fueron instantáneos y hubo varios tiras y afloja. La parte emocional de nuestro cerebro hace aparición cuando la racional cree tenerlo todo controlado para volver a las viejas pulsiones. Finalmente, Fran aprendió, en gran medida, a calmar su mente y a controlar sus emociones. Pero esa es otra historia. 
  
Desde entonces, su vida fue más sencilla y más plena y sus observaciones astronómicas se convirtieron en una (aún más) placentera experiencia. "Una de las mejores maneras de pasar el tiempo que me queda sobre la superficie de este diminuto y hermoso planeta, es observando el Universo." Esto solía decir Fran cuando le preguntaban por su afición.

Una parte de nuestra galaxia, entre las constelaciones de Casiopea y Perseo. También, en la imagen, nuestra vecina, la Galaxia de Andrómeda.





lunes, 5 de junio de 2023

Los caminos de la noche


Equipado con el fular rojo y la linterna, Fran se siente idiota. Lo suyo nunca han sido los juegos en grupo, y menos al aire libre, pero correr de noche por caminos de tierra, huyendo como dementes de los focos de las linternas, le parece una absoluta y horrenda pérdida de tiempo. Por no hablar de la posibilidad real de tropezar y partirse la crisma, claro. Con lo bien que estaría en casa leyendo el libro de microscopía que robó la semana pasada de la biblioteca del colegio y no en esa masía perdida quién sabe dónde. Malditas colonias de final de curso...

El profesor les explica el funcionamiento del juego. "Liberar al árbol", se llama. Dos equipos: el rojo y el amarillo. Se trata de tocar un árbol antes de que te ilumine la linterna de algún compañero del equipo rival. Gana el equipo que más miembros consigue que toquen al árbol. Vamos, que el que puso nombre al juego se quedó a gusto.

Fran apenas presta atención. Su mirada y pensamientos están  focalizados en Sonia. Sentada modosita en la primera fila del equipo amarillo, le parece una diosa. Su casta melena morena, sus estilizadas piernas, sus pechillos inmaculados... El contraste entre la piel pálida y la oscura y misteriosa mirada, le tiene totalmente hipnotizado. Desde que llegara a su clase hace dos cursos le llamó la atención. Ahora, con la madurez que le brindan sus recién cumplidos doce años, puede afirmar con rotundidad, que es la niña más guapa que ha visto en su vida. 

Sonia ni le mira. En realidad, es como si para ella, él no existiera. En todo el curso, no han cruzado más que unas pocas frases, y la gran mayoría fueron durante una actividad en grupo en la clase de lengua. El ligero tartamudeo de Fran siempre que ella le hablaba, tampoco ayudó mucho a profundizar la relación, todo sea dicho.

Al grupo rojo les corresponde "liberar al árbol". Tal vez si se deja iluminar por Sonia, podrán compartir algunas palabras. Esta única motivación para afrontar el juego, se desvanece cual azucarillo al comprobar que el guaperas de Iván está entablando una animada conversación con su amor platónico. Los dos sonríen y él le toca repetidas veces el hombro a ella, quien, en vez de hacer ademán de apartarse, sigue entusiasmada la charla. 

Con el silbato del profesor, los niños del fular rojo arrancan a correr despavoridos por un camino surcado de raíces de árboles. A regañadientes, Fran sale el último del grupo con un discreto trote con el que será presa fácil de las linternas del equipo rival. Solo quiere que le iluminen y acabar cuanto antes con esta farsa. 

Lleva un minuto corriendo y ya suda con abundancia, así que decide parar y limitarse a andar. Es lo más sensato, piensa. 

La linterna alumbra bien la pista rural. Los márgenes, por el contrario, están sumidos en la más absoluta oscuridad. De fondo oye gritos de los niños del grupo amarillo. Qué listos, piensa, gritando como energúmenos, lo único que consiguen es delatar su posición.

Fran decide esconderse; le parece una buena manera de manifestar su descontento y negarse a participar en el jueguecito absurdo. Apartando arbustos con la mano y alumbrando con la linterna se adentra en un lateral del camino. A los pocos metros encuentra un pequeño claro en el bosque y se sienta en una amplia y pulida roca que parece hecha ex profeso. Apaga la linterna; no es cuestión de gastar pilas en balde. La oscuridad le produce un poco de miedo. No sabe que animal salvaje puede abalanzarse sobre él y apenas ve nada. Poco a poco, su vista se adapta a la poca luz y, sorprendentemente para él, comienza a distinguir las formas de los árboles. El miedo desaparece progresivamente y ya se siente más cómodo. Quien se lo iba a decir, él que siempre había eludido la  oscuridad en cuanto podía.

Los energúmenos del fular amarillo pasan bramando, como si de una manada de búfalos salvajes se tratase. La situación es entre hilarante y repulsiva. Les separan apenas 4-5 m, pero no le ven. Fran se imagina a Sonia corriendo al lado de Iván y le entran arcadas. Tiene el estómago revuelto. Tal vez sea un corte de digestión después de repetir tres veces el postre de la cena.

Sentado en la roca, los minutos pasan lentos. Su mente es una engrasada máquina de producir pensamientos, que aparecen sin orden ni lógica aparente, pero que le van sumiendo en un estado de nerviosismo y ansiedad que le es familiar. En casa, suele solucionarlo con largas sesiones de carrera continua por la zona industrial que rodea su barrio o lanzando en la canasta de delante de casa hasta que las piernas y brazos le flaquean. Ahora mismo, lo que más le apetece es arrancar a correr, gritando hasta que le revienten las cuerdas vocales... casi como los energúmenos del fular amarillo. 

De repente, sucede algo increíble: literalmente, se hace de día. Tanto, que Fran puede apreciar su propia sombra y, sorprendido, observa como esta se desplaza por el suelo, como si un objeto volador iluminase su posición. Siente miedo y se acurruca en la piedra, colocando la cabeza entre las rodillas, como buscando refugio ante el eventual ataque aéreo. Las pulsaciones se disparan, y se sorprende temblando, agazapado, mientras un sudor frío le recorre el cuerpo. 

Pocos segundos después, vuelve la oscuridad. Lentamente, se incorpora y levanta la cabeza hacia el cielo. Allí descubre una línea de humo que se divide en dos y que, aparentemente, debe ser la traza del objeto volador. Se queda un momento mirando los restos de humo, pero la vista se le va al fondo del cielo. Allí, miles de estrellas centellean impasibles, componiendo una imagen que a Fran le parece bellísima. Desde la ciudad, nunca se había detenido a mirar el cielo nocturno, más que alguna salida de la luna por encima de los bloques de delante de casa. Claro que el cielo de la ciudad no tiene estrellas. Nunca sospechó que el firmamento podía albergar semejantes gemas; auténticos diamantes en un fondo de terciopelo oscuro. 

Poco a poco, a medida que sus pupilas se dilatan y su retina se adapta a la oscuridad, descubre nuevos pequeños puntos de luz. También se da cuenta de que algunas estrellas tienen una tonalidad anaranjada, otras azuladas y otras amarillentas. Su imaginación traza líneas entre estrellas que dibujan formas geométricas y admira con curiosidad, una especie de camino blanquecino, débilmente iluminado, que surca el firmamento de horizonte a horizonte. Fran lleva un buen rato mirando la bóveda celeste y el cuello le empieza a doler. Como volver al jueguecito del árbol no es una opción, decide tumbarse en el suelo a seguir disfrutando del espectáculo; la hierba es acogedora y la temperatura suave en este final de primavera.

¿Cómo ha podido perderse semejante belleza durante tantos años?

Le despiertan los compañeros de clase gritando; parece que aún siguen salvando árboles, a esas horas. Afinando el oído, sin embargo, advierte que gritan su nombre. Qué raro...

Sale bostezando al camino donde recibe los calurosos abrazos de sus compañeros. Sonia le mira fijamente al lado de Iván, mientras llega su tutor, quien le reprende por su irresponsable actitud. El típico sermón paternalista de Ángel, su profe preferido, por otro lado. En fin, nadie es perfecto.

El grupo vuelve a la masía hablando en voz alta y alumbrando desmesuradamente el camino. Al levantar la mirada, Fran comprueba que ya no ve apenas estrellas y comienza a entender entonces por qué en la ciudad el cielo nocturno es un yermo y triste manto gris.

Las conversaciones pronto derivan hacia la hazaña del Barça, flamante recién campeón de liga, pasando por el último sencillo de Madonna o las nuevas películas de Rambo o Rocky. 

Ajeno a todo, Fran camina relajado, en silencio, con una media sonrisa en la cara. El espectáculo del Universo todavía resuena en su memoria y lo seguirá haciendo por unas cuantas horas más. Aún no lo sabe, pero aquella noche bajo las estrellas, cambiará para siempre su vida. 














martes, 13 de diciembre de 2022

Las bellezas de la noche (comentario)

 "Nadie que no lo haya hecho puede imaginar la belleza de una caminata en Roma en Luna llena. Todos los detalles son consumidos por masas enormes de luz y sombra, y solo los contornos más grandes y generales son visibles. Acabamos de disfrutar de tres noches claras y gloriosas… Este es el tipo de iluminación con el que se debe de ver el Panteón, el Capitolio, la plaza frente a San Pedro y tantas otras plazas y calles."

Esto escribió Goethe en 1878. Hoy en día en Roma, y en la totalidad de ciudades del mundo "desarrollado", los monumentos no pueden verse ya a la luz de la luna. Potentes focos los iluminan desde abajo para disfrute de los ciudadanos (incluso, cuando duermen). La potencia de tales focos, sumada a la de las farolas urbanas y otras fuentes de luz, hace que nuestras pupilas tengan un diámetro más parecido al que tienen de día que al de nuestra ya casi olvidada visión nocturna. Y hay mucha belleza en la noche, con una luz tenue y uniforme; nuestros ojos, adaptados a la oscuridad, captan infinidad de nuevos matices. También el resto de sentidos se agudizan. Los olores, los sonidos, el tacto de la noche es diferente cuando la iluminación es sutil.

 Soluciones existen desde hace siglos. En el París del siglo XIX, había dos tipos de iluminación: una que estaba encendida toda la noche y otra que lo estaba cuando la Luna no iluminaba suficientemente las calles. 

Actualmente a nivel local, son pocos los alcaldes que, con mucha dificultad y sorteado críticas de la oposición (cuanto negocio y cuantos votos se consiguen apelando y sirviéndose del miedo), reducen a medianoche la intensidad de la iluminación de sus ciudades. Y, aparte del consiguiente ahorro energético, no pasa absolutamente nada. Por desgracia, la tendencia general es la opuesta.

Estoy seguro de que a Miquel le hubieran encantado las escenas románticas con Andrea en la intimidad de la luz de la Luna (huelga decir que a Andrea también). Por desgracia, la gran mayoría de los ciudadanos contemporáneos solo conocen un sucedáneo de noche, en el que los monumentos se ven casi como si fuera de día. Y como a Miquel en sus recuerdos, les puede parecer fantástica. No se puede amar lo que no se conoce, reza el adagio...

De todas formas, admitámoslo, los monumentos iluminados en la noche sobre un fondo oscuro pueden tener su encanto; destacan más que con el cegador fondo azul habitual. Eso si, un fondo oscuro sin estrellas, claro... Con estrellas, tal vez mejor, ¿no?

Para Miquel, simplemente, las nubes nocturnas iluminadas por la ciudad eran bellas. Y solo es cuando Andrea, dejándose llevar por la emoción del momento, obvia el contexto de contaminación lumínica, que puede encontrar cierto placer estético en su contemplación. Para Miquel, simplemente, no existe problema alguno. Andrea, por otro lado, conoce los efectos negativos de la sobre iluminación nocturna. 

Y esos efectos negativos no son baladí. 

A nivel ecológico, la contaminación lumínica afecta al 30% de los vertebrados y al 60% de los invertebrados nocturnos. Les provoca pérdida de orientación, desórdenes en la reproducción, desequilibrios en la función de depredación, polinización, en la competencia entre especies y desórdenes en los ritmos circadianos. Todo esto comporta terribles consecuencias en la biodiversidad y el equilibrio de los ecosistemas. 

Si no estamos muy sensibilizados en temas ecológicos (como si no formáramos parte del ecosistema; muy típico de los Homos Sapiens, si), deberíamos saber que la contaminación lumínica también nos afecta a nosotros. La luz en horas nocturnas nos provoca desajustes en la producción de diferentes hormonas, como melatonina, cortisol o TSH-tiroides. La melatonina, por ejemplo, tiene demostrados efectos antioxidantes y su carencia provoca cáncer (no lo digo yo, lo dice la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer- IARC). Estos desequilibrios hormonales también causan diabetes, obesidad, insomnio y problemas cardiacos. 

El trabajo nocturno es un potenciador caldo de cultivo de todos estos problemas. Además, el turno de noche es una fuente de accidentes laborales por trabajadores somnolientos (incluidos los de tráfico).

Y también a otro nivel, la contaminación lumínica dificulta un tipo de observación astronómica que, tal vez, nos deberían preocupar algo más que el simple progreso en el conocimiento del Universo: Los observatorios terrestres que tienen entre sus funciones buscar y monitorear asteroides potencialmente peligrosos para la tierra, han visto esta actividad muy limitada debido a que el cielo ya no es suficientemente oscuro. Ya no pueden ver a los asteroides pequeños cuando están cerca de la Tierra y solo pueden detectar a los muy grandes cuando están relativamente cerca. 

La pregunta que habría que plantearse podría ser: ¿Si sabemos que la contaminación lumínica, además de privarnos de la visión del Universo, tiene todas estas consecuencias negativas, estamos dispuestos a seguir viviendo con ella solo porque encontramos cierta belleza en nuestras noches iluminadas, porque tenemos miedo a la oscuridad (en general) o porque culturalmente no conocemos otra cosa? 











domingo, 3 de julio de 2022

Las bellezas de la noche

 Como era habitual en los últimos años en Barcelona, el principio del otoño parecía más una mera prolongación del verano que un preludio del invierno. Cálido, monótono, bochornoso, casi tropical, dada la anormalmente elevada temperatura del mediterráneo. Los más antiguos del lugar, juraban que antaño, a esas alturas, extensas tormentas habían barrido ya el litoral, provocando un descenso de las temperaturas con el que los barceloneses sacaban del armario las primeras mangas largas. Nada más lejos de la actual realidad, donde la manga corta dominaba el escenario y donde los únicos motivos por los que las playas no rebosaban carne humana, eran las jornadas laborables de nativos y turistas estivales.

Y en manga corta salieron Andrea y Miquel a la terraza después de cenar. A pesar de que no quedaba rastro de luz solar, podían distinguirse las caras perfectamente, gracias a la potente luz exterior del vecino quien, habiendo marchado el fin de semana, la había dejado encendida, iluminando su terraza y las de los pisos contiguos. Andrea y Miquel hacía poco más de un mes que vivían juntos en un ático del Poble Sec. Orientada al NO, la magnífica terraza cobraba protagonismo en los meses cálidos del año.

-Buf, que calor- musitó Miquel al tenderse en su hamaca reclinable. Andrea, sentada con las piernas cruzadas sobre un cojín en el banco de madera, asintió.

-Sí, menudo bochorno; esta brisa marina ha hecho dispararse la humedad. Estamos a un 82%, lo acabo de ver en el Meteocat. -En realidad, Andrea no tenía calor. Su friolera naturaleza (y una casi total ausencia de  grasa corporal) le hacía soportar bastante bien los rigores estivales, mientras que Miquel, con algo de sobrepeso, era más afín a las estaciones frías.

Miquel encendió un cigarrillo y se quedó mirando fijamente al cielo, donde unos inofensivos estratocúmulos desfilaban de este a oeste.

-¿No son bonitos? -Miquel fumaba relajado y el humo del tabaco se dispersaba, elevándose hacia las iluminadas nubes, que en la noche barcelonesa cobraban un tinte gris marrón.

Aunque Andrea, como buena astrónoma aficionada, intentaba, de vez en cuando, concienciar a Miquel sobre los excesos y consecuencias negativas de la sobre iluminación urbana, nunca le había hablado de las nubes. Pensó en comentar que en las zonas sin contaminación lumínica, las nubes eran invisibles, solo detectables por su capacidad de  ocultar las estrellas, y que las que estaban viendo ahora mismo, cobraban vida, solamente, al reflejar la luz que la gran ciudad proyectaba hacia arriba. Es decir, que además de gastar ingentes cantidades de dinero sobre iluminando nuestras calles, también solíamos derrocharlo iluminando nubes. ¿Acaso no era ese uno de los síntomas del declive de una civilización?, pensó Andrea mientras tomaba aire para exponer sus reflexiones.

-Tengo tantos buenos recuerdos nocturnos de Barcelona con un telón de fondo de nubes como este... -Miquel se puso cómodo, descalzándose las viejas sandalias y aflojando el botón del pantalón. -¿Te acuerdas de la noche que nos conocimos en el Pastis? -Miquel comenzaba a entrar en modo sentimental, mientras Andrea intentaba, en vano, recordar aquellas nubes.

-Ah, si, ahora que lo dices...

-¿Y aquella otra vez sentados en los bancos delante de la catedral? La fachada iluminaba la noche; nuestra noche... que bonito, ¿te acuerdas del rato que pasamos abrazados?

-Andrea, en efecto, recordaba aquella gélida madrugada de febrero, pero no tanto por el romanticismo de la escena (que también), sino por el riesgo real de hipotermia al que se vio expuesta. Riesgo minimizado, afortunadamente, por el calor corporal de Miquel y su cálido abrazo.

-Soy un romántico de la noche barcelonesa. Y que me dices de las iluminaciones navideñas. La Rambla, el Passeig de Gràcia... ¡Aaaaah!

-Miquel suspiró profundamente y se regaló una última e intensa calada, bajando después la mirada y buscando el contacto visual con Andrea. La luz de la lámpara del vecino tintineaba en sus expresivos ojillos. Miquel sonrió, y esa sonrisa borró cualquier posible atisbo de réplica en Andrea, quien obvió comentar lo excesivas que le parecían las iluminaciones navideñas y las odiosas connotaciones comerciales de dichas festividades. No solo eso, sino que, por un momento, imaginó que aquellas nubes que le recordaban la horrible contaminación lumínica de la ciudad, podían ser tan bellas como la mismísima nebulosa de Orión; solo hacía falta observarlas con una mirada libre de prejuicios y relajarse en su contemplación. Progresivamente, y casi sin quererlo, una tímida sonrisa se le dibujó también a ella en la cara, mientras en amoroso ademán, golpeaba dos veces con la palma de la mano el banco, a lo que Miquel respondió acudiendo presto a su lado...


La constelación de Orión elevándose sobre Bcn (diciembre 2021)






viernes, 10 de junio de 2022

La noche y el miedo (comentario)

"No hay oscuridad, sino ignorancia".

William Shakespeare. 



Años después de aquella experiencia, descubrí que en los cielos realmente oscuros, alejados de la contaminación lumínica de la civilización, los planetas más brillantes (Venus y Júpiter) son capaces de iluminar ligeramente la noche, llegando incluso a proyectar sombras. Pero es que también la Vía Láctea de verano (mucho más modesta en cuanto a intensidad luminosa), puede proyectar tenues sombras sobre el suelo. Obviamente, solo lo advertiremos cuando nuestras pupilas estén totalmente dilatadas y adaptadas a la oscuridad. Estas sutilezas, huelga decir, pasan totalmente inadvertidas a los habitantes de las ciudades, donde incluso la deslumbrante luna llena, prácticamente desaparece bajo la ingente luminaria urbana.

La ausencia de estas fuentes de luz naturales, sumadas al efecto de las nubes "apagando" importantes zonas del cielo, propiciaron que al despertarme en la madrugada, experimentara una oscuridad mucho más intensa que durante la primera parte de la noche. Y la oscuridad desorienta y nos da miedo. De niños, en general, y a una pequeña parte de la población adulta.

Nictofobia es como llaman los psicólogos al miedo a la oscuridad, definido como miedo irracional causado por una percepción distorsionada y anticipatoria de los peligros que nos acechan en la oscuridad. Eso si, ningún psicólogo propone sobre iluminar nuestro entorno hasta sentirnos "seguros", como pasa, en general, en todas las ciudades y poblaciones. Claro que ni los políticos (responsables del alumbrado público) son psicólogos, ni tienen intención de prevenir o curar la nictofobia de una pequeña parte de la población (sus motivaciones son otras). Lo cierto es que bastantes de los Homo sapiens actuales manifiesta, en mayor o menor grado, miedo a la oscuridad.


Años después de aquella experiencia, también descubrí que el miedo a la oscuridad tiene un componente cultural. En efecto, la mayoría de los occidentales descendientes de la tradición cristiana, aprendemos desde pequeños que la luz es buena y la oscuridad mala: lo devoto contra lo pecaminoso; la virtud contra la maldad. Y nos protegemos de ese miedo sobre iluminando nuestro entorno. Sin embargo, no todo el judeocristianismo predica con estos principios. En la Biblia abundan ejemplos de lo contrario. La noche allí, es un lugar en el que las personas experimentamos la presencia de Dios. Un par de ejemplos:

Génesis 32, la historia de Jacob y su lucha nocturna con un ser divino que, después de ser derrotado, le convierte en Israel. O en el primer libro de Samuel, cuando Dios le llama en la noche para ser profeta. En ambos casos, la noche nos transforma en algo superior; es un escenario de creación, no de destrucción, corrupción o decadencia.

Algo más cercano nos resulta San Juan de la Cruz, cuando habla de "la noche oscura del alma". "Oscura noche... estando mi casa sosegada."

También otras culturas que nos son ajenas, tienen diferentes aproximaciones a la noche. Los pueblos nativos de Norteamérica, por ejemplo, han visto durante siglos una gran espiritualidad en ella. Es en la noche donde realizan numerosas ceremonias y rituales y es vista, a menudo, como un tiempo de sanación. Para ellos, el negro no es siempre malo y el blanco no siempre es bueno. Los dos se equilibran y complementan. Por ejemplo, en la cultura Abenaki, se representa a Gluskabe, el héroe, flanqueado por un lobo blanco y otro negro. Uno es el día, el otro la noche y ambos son guardianes y compañeros.

También desde oriente la noche es tratada, tradicionalmente, de forma diferente a la occidental. El japonés Jun ´ ichiro Tamizaki, en su libro "Elogio a las sombras" (1933) hace un retrato de la evolución de la iluminación nocturna en la cultura occidental: "De la vela a la lámpara de aceite; de la lámpara de aceite a la luz de gas; de la luz de gas a la luz eléctrica. Su búsqueda por una luz más brillante nunca cesa. No escatima esfuerzos para erradicar aun la más mínima sombra."

La sensación de seguridad que nos proporciona la iluminación nocturna es un tema a matizar, también. Sin duda, un mínimo de luz es necesaria, pero un exceso nos provoca pérdida de visión. Esto lo saben bien quienes suben a un escenario, donde, normalmente, es imposible ver al público más allá de las primeras filas. O los conductores nocturnos, cuando se cruzan con un automóvil que no apaga las luces largas. Si una potente farola nos deslumbra, no veremos apenas, al entrar en un entorno no ya oscuro, sino simplemente menos iluminado, por lo que sentiremos miedo al no poder distinguir posibles peligros. La solución no es sobre iluminar una ciudad en aras de aumentar la seguridad de la ciudadanía, sino disponer de un sistema de alumbrado público de intensidad uniforme, en general, y variable según la densidad de viandantes o automóviles. Además, en contra de lo que se suele pensar, los ladrones necesitan luz para trabajar. ¿No es más sospechoso alguien que pasa un rato ante la cerradura de una puerta con una linterna en un entorno de luz discreta, que el que lo hace sin linterna en un entorno sobre iluminado? ¿No llama más la atención un viandante a altas horas de la madrugada que, mediante sensores de movimiento, enciende o hace aumentar la intensidad de las farolas de la calle por la que transita que uno que lo hace por una vacía y sobre iluminada?

 

Por si acaso le quedan dudas (seguro que sí; no sé si tal vez por su acervo cultural), varios estudios ratifican que apagar las luces (o disminuir su intensidad) en una ciudad, no aumenta el número de robos o accidentes de tráfico. *

Por último, una reflexión: iluminar la noche hasta hacer desaparecer la oscuridad, es vivir en un mundo irreal, artificial. Los Homo sapiens llevamos 200000 años conviviendo con la noche y sus tinieblas y sufriendo miedo (en mayor o menor grado dependiendo de nuestra época y cultura). No parece motivo de preocupación para la supervivencia de la especie (suponiendo que a nuestros ombligos le importe la supervivencia de la especie, claro).

 


 



* Por ejemplo, un estudio de la UCL & London School of Hygiene and Tropical Medicine, publicado en julio de 2015 en el Journal of Epidemiology an Community Health.





sábado, 30 de abril de 2022

La noche y el miedo *



Sería a mediados de los noventa del siglo XX; una noche de verano. No recuerdo el sitio exacto, pero me encontraba en un collado a unos 2500-2600 m de altura, en un vivac en el llamado pirineo catalán (como si los Pirineos tuvieran nacionalidades). Tampoco recuerdo la cima o travesía pensada para el día siguiente, pero lo que si recuerdo es haber cargado en la pesada mochila el kilo de prismático (un 10x50 barato) para combinar dos de mis aficiones: el montañismo y la astronomía.

Después de la frugal cena, y con toda la ropa disponible encima, me tumbo en la esterilla listo para disfrutar del espectáculo del cielo nocturno en la alta montaña. La Vía Láctea, invisible desde la gran ciudad, luce espléndida. Zonas brillantes, formadas por millones de estrellas, se combinan con otras oscuras, nebulosas de gas y polvo que bloquean el paso de la luz a nuestros ojos. El espectáculo de por sí es sensacional, pero si además tomamos conciencia de lo que estamos viendo, es decir, nuestra galaxia desde el brazo exterior en el que nos encontramos, la visión adquiere una nueva perspectiva. Comienzo observando cúmulos estelares y nebulosas entre las constelaciones de Sagitario y Escorpio y acabo escaneando la bóveda celeste de horizonte a horizonte, con un espíritu entre hedonista y aventurero. Finalmente, el sueño me vence. Mientras me deslizo en el interior del saco, Júpiter, un auténtico faro en estos prístinos cielos, se aproxima al horizonte oeste dispuesto a desaparecer. Me quito las gafas, subo la cremallera del saco y cierro los ojos con una media sonrisa en los labios. Ahora toca descansar para la excursión de mañana.


De madrugada, una brisa fría me despierta. Debería haber construido un paravientos de piedras, musito para mis adentros, mientras la dentadura interpreta una repetitiva y conocida pieza de percusión. En mis ojos miopes, las estrellas son tenues globitos centelleantes, pero ya advierto el cambio de cielo: las constelaciones de verano han dejado paso a las de otoño (menos brillantes); la radiante Vía Láctea de verano ha desaparecido bajo el horizonte oeste y Júpiter hace horas que ilumina otras latitudes. Para colmo, advierto un siniestro desfile de parches oscuros a través de la desenfocada bóveda celeste; se trata de nubes, restos de una tormenta lejana arrastrados por los vientos de las alturas que ocultan generosas zonas del firmamento.

Instintivamente, alargo el brazo buscando las gafas en el lado izquierdo del saco. Las dejé a una distancia prudencial para no aplastarlas, pero no las encuentro. Las busco con la mirada, pero no veo nada. Literalmente. Me rodea una oscuridad casi absoluta. Ni siquiera distingo las crestas de las montañas del horizonte nocturno. No veo el suelo ni el saco de dormir y apenas distingo mi propia mano al acercarla a unos centímetros de la cara.

Comienzo a ponerme nervioso. Miro hacia arriba y siento que pierdo el equilibrio. Los ojos buscan en vano una referencia, mientras me revuelvo dentro del saco para buscar las dichosas gafas. El cielo, lejos de ser un contexto para orientarme, es un potenciador del acuciante vértigo que me invade. La ligera pendiente sobre la que descansa la esterilla, se me antoja un tobogán en el que, a poco que me mueva, bajaré rodando a hacer compañía a las vacas que pastan quinientos metros más abajo...

Antes que la ansiedad se apodere totalmente de mí, decido utilizar el viejo recurso de cerrar los ojos y concentrarme en la respiración. Y funciona (claro está). Poco a poco me calmo. Tanteando el frío suelo, doy con la linterna frontal; la enciendo y encuentro, por fin, las benditas gafas. Bajo la luz del frontal y la corrección de las lentes, el escenario cambia totalmente. Alcanzo a ver unos pocos metros a mi alrededor y la sensación de vértigo desaparece instantáneamente. Oteo la pendiente y sonrío todo lo que el rechinar de dientes me permite. No hay tiempo que perder y comienzo a apilar piedras para protegerme del viento. Ya queda menos para la salida del sol.


La cúpula de luz de Bcn desde el macizo del Garraf, a 23 km en línea recta.

Desde la misma localización, la vista en dirección opuesta muestra un cielo más oscuro.
Desde la misma localización, el horizonte en dirección opuesta es algo más oscuro. Se intuye una débil Vía Láctea. 



* Esta es la primera de tres entradas dedicadas a la pérdida del cielo nocturno en la civilización contemporánea. Me ha inspirado y me he servido de la lectura del libro de Paul Bogard "El fin de la oscuridad".

martes, 17 de agosto de 2021

Meditación, pensamiento y responsabilidades*

 El primer paso es tomar conciencia de que estamos pensando. Parece sencillo, pero no lo es en absoluto. Cada vez que advertimos pensamientos, tratamos de dirigir la atención a la respiración y postura corporal, relegando a un segundo plano dichos pensamientos. Dependiendo del estado de agitación de la mente y de nuestra experiencia, más tarde o más temprano nos sumergiremos, indefectiblemente, en nuevos o antiguos pensamientos. Esto puede resultar frustrante, al principio. Hay que tratar al estado de frustración como un pensamiento más...



A medida que pasan los minutos y la concentración va en aumento, podemos comenzar a disociar el estado mental de concentración y el de pensamiento. Con el tiempo, se llega a percibir al pensamiento como un proceso natural que surge espontáneo y al que podemos, si no eliminar, dejar a un lado por un espacio de tiempo más o menos prolongado. 

Cuando se llega a un cierto grado de dominio de la técnica, se tiene la sensación de que los pensamientos están en una habitación contigua; que crecen, se desarrollan y desaparecen rápidamente, en un proceso casi ajeno a nuestro estado actual de concentración. Los percibimos "en la distancia" y notamos que ya no nos influencian. Comenzamos a estar "protegidos" de las perturbaciones que habitualmente nos ocasionan.

En este punto, sentimos como si, prácticamente, dejáramos de ser responsables de las oleadas de pensamientos que vienen y van en "la habitación de al lado" de nuestro cerebro. 

Finalmente, después de tanto pensar y meditar, podemos llegar a una conclusión : 

Si apenas somos responsables de nuestros pensamientos, 

¿Cómo vamos a serlo de los pensamientos de los demás?


Respiremos...

 

 




*Esta entrada esta basada en mi experiencia personal como meditador.

miércoles, 26 de agosto de 2020

Todos somos iguales (en lo fundamental)

 

Todos somos iguales (en lo fundamental)

Todos tenemos potentes ombligos succionadores. ¹

Lenguas catapulta con abundante munición de palabras incendiarias.

Todos disponemos de un nutrido armario con miedosos chalecos salvavida ² para cada ocasión.

Unos cuantos terabytes dedicados, única y exclusivamente, a almacenar argumentos que justifiquen cualquier malinterpretación posible, ante otro individuo de nuestra especie.

A todos nos gusta tener sueños agradables y nos disgustan los desagradables. También todos creemos que la realidad no es ningún sueño.

Etc.


Todos somos iguales en lo fundamental. El hecho de que usted lector, desconfíe de esta afirmación, no hace sino corroborarla, pues otra de las características comunes a todos nosotros es, ni más ni menos, creernos diferentes; en lo fundamental también.








¹ Una hipótesis reciente en el campo de la astrofísica, asevera que el agujero negro del centro de la Vía Láctea es, en realidad, el ombligo de un Homo sapiens.

² Los "salvamuerte" siempre los llevamos puestos.



domingo, 19 de julio de 2020

Creando historias y buscando certezas.

Es consustancial al Homo sapiens, que siempre busca un provecho en (casi) todo lo que hace, pensar que todo tiene un propósito; que nada puede ser casual. Y es natural, en este sentido, imaginar historias, diseñar hipótesis que nunca podrá verificar, pero que, a menudo, mostrará orgulloso y convencido. Tal vez, sencillamente, por decir algo cuando no se tiene nada que decir. 

 Es consustancial también al Homo sapiens, que (casi) siempre está a la defensiva, conviviendo con innumerables miedos, buscar refugio en las certezas. Y cuando no lo encuentra (acostumbra a ser la norma), se angustia y sufre. Así que las busca compulsivamente. 

También es consustancial al Homo sapiens negar todo esto. Al menos, por lo que respecta a uno mismo. Aunque ese es otro tema.

Pues bien, cuando el creador de historias y el buscador de certezas se encuentran, ya saben...

En los tiempos convulsos, como durante la actual pandemia mundial, eso pasa mucho.


Esta entrada, diría que es más una búsqueda de certezas que una nueva historia.



Barcelona 4/5/2020
.







lunes, 29 de junio de 2020

PP. FF




¿Existe Dios?
Respuesta: ni idea

¿Qué hay después de la muerte?
Respuesta: ni idea

¿Hay vida extraterrestre?
Respuesta: ni idea

¿No sabes nada?
Respuesta: eso espero 



jueves, 4 de junio de 2020

El gran silencio

Escribo 
Empapado en las limitaciones del lenguaje
Intuyendo que la ¿auténtica? sabiduría dormita en algún recoveco de lo callado 
Escribo
Y el cándido silencio de las palabras escritas es un mal menor, 
mientras espero (sin grandes expectativas) el silencio definitivo.
El gran silencio.

Barcelona 25/4/2020